Una noche en el camino


¿Quién me lo iba a decir a mi? Pues sí. Hace tres años, viendo en la televisión “el salto de la reja”, sentí que “algo me llamaba”, percibí la necesidad de escaparme a la aldea y ver la procesión de cerca, tanto como pudiera acercarme. Una noche cualquiera hubiera saltado del sillón al dormitorio en pocos minutos, aquella noche cambié de rumbo, y casi sin darme cuenta me vi subido en el coche devorando kilómetros en dirección al Rocío.

La noche es larga, poco más de 200 km me separaban de allí, y como siempre me pasa con todo, cuando yo iba, muchos otros volvían. Tenía la carretera para mi solo, en ese sentido, mientras que en el contrario me cruzaba con una enorme caravana interminable de coches que ya se iban de allí.

Aparqué en el improvisado parking que montan los almonteños y me adentré en la aldea buscando la ermita. La primera impresión me recordó a cuando te acercas a una feria, los olores a fritanga de churros y buñuelos, los vendedores ambulantes, el ruido. Y lo mismo que me había pasado en la carretera, mientras yo avanzaba dirección a la ermita, miles de personas iban en sentido contrario, se iban ya.

No necesité avanzar tanto como pensaba, me topé con la Imagen unas calles antes de lo que me esperaba, y con toda la marea humana que la rodea. No era sepulcral el silencio pero no tenía nada que ver con el ambiente que me había encontrado mientras caminaba. Acababa de atravesar la delgada linea que separa la fiesta de lo que de verdad importa, y me di de cara con la procesión, con la esencia del Rocío, y no serían más de las 5 de la madrugada, aún noche cerrada.

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Procesión de la Virgen del Rocío./Foto: Víctor Olivencia

El concepto que había tenido durante años se me desmontó en minutos, puede que en segundos. No vi a nadie de juerga, no vi, en todas las horas que pasé en la aldea, ni el más mínimo altercado. Vi gente llorar de emoción, percibí de algún modo la grandeza de la romería y durante un rato me sentí miserable. Tal vez no habría conseguido remontar ese estado si no llega a ser por mi amigo y hermano Jesús, el mago lucentino de las luces y las sombras, que apareció en ese momento.

Con Jesús descubrí el Rocío, no el que sacan por la tele, con borrachos y caballos moribundos. Y con la cantidad inmensa de gente que había, me encontré a numerosos amigos y conocidos, con los que compartí unos momentos que han quedado para siempre en mi memoria.

El Rocío es lo que cada uno de los que va, quiere que sea. Si buscas un formidable fin de semana de juerga continua, vino, jamón y palmas, no te va a faltar. Pero si sientes que vives en la oscuridad, pero no pierdes la esperanza de dar con la luz, desde luego que allí la luz rebosa.

Yo me dejé muchas dudas, me dejé todos mis prejuicios. Cuando la Virgen entró en su templo salí corriendo para tratar de que no me pillara en la carretera el atasco, pero fue inútil. Cansado de una noche entera sin dormir, metido en un monumental atasco a 200km de casa y con un calor sofocante.

En el coche sonaban mis marchas cofrades favoritas, no es ninguna novedad, en mi coche no suena otra cosa nunca. No se me olvidará la cara que puso un guardia civil de los que intentaba regular el tráfico, debió pensar que estaba loco, o que los cofrades no tenemos “jartura”.

Pero el atasco pasó, el tráfico se hizo más rodado, en unas horas llegué a casa. Y lo mejor de todo, era que me sentía mejor que cuando había salido de allí unas 14 horas antes.

Tengo que volver, pero tengo que hacerlo bien, haciendo el camino, compartiendo experiencias y viviéndolo en primera fila, pero no sé cuando podrá ser.

A mi amigo Jesús, así como a otras personas que aquella noche mágica me ayudaron a comprender, muchas gracias.

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