San Vicente, Basílica


Allá por el jurásico, es difícil suponer la clase de fauna que habitaría por las inmediaciones del Guadalquivir en el tramo que discurre muy cerca de la actual catedral. Hace tanto de eso que ni siquiera el río estaría donde está ahora, no tenía ni nombre.

El meteorito, o vaya usted a saber la catástrofe natural que provocó la extinción de los dinosaurios, debió notarse igualmente por esta zona, eso fue un “incidente” de alcance global, o eso nos han contado.

Luego pasaron muchos miles de años, los mamíferos se abrieron paso en un mundo ya sin dinosaurios, como hacen ahora muchos de nuestros políticos, chupando de la teta. El más avanzado de ellos, el mono, se puso de pie, se bajó del árbol, se le fue cayendo pelo, la capacidad craneana se le hizo más grande. En Altamira le dio por pintar el techo de la cueva. Aquí es posible que pusiera cuatro piedras cerca del río, que ya debería estar más o menos donde está ahora, y dedicar ese espacio a adorar a los primeros dioses que recibieron culto por parte de una humanidad recién salida de la animalidad.

¿Y luego? Celtas por un lado, Íberos por otro, dicen que por aquí los Tartessos, visitados por los fenicios, luego los cartagineses, los romanos… Aunque estos ya dejaron huellas más profundas y se quedaron más tiempo.

Donde hace muchos miles de años, unos dinosaurios posiblemente hacían sus necesidades, los primeros humanos montaron su primer “templo” en esta zona. Conforme la historia avanzaba, el sitio ese ya no dejaría de ser un lugar de culto. De templo pagano pasaría a “paleocristiano” cuando el cristianismo se coló por las fracturas de un imperio romano que ya no asustaba a sus enemigos y se estaba desmoronando. Fue cuando el templo tuvo un nombre que ha llegado hasta nosotros, Basílica de San Vicente.

Y así podría haber llegado a nuestros días si no llega a ser porque, por un lado, la expansión del islam y por otro, las corruptelas de los visigodos, coincidieron en un estrecho de Gibraltar que no supuso obstáculo alguno para frenar la entrada de los musulmanes en la península.

Los nuevos moradores pusieron toda su atención en ese mismo lugar para construir su templo, conocido en la antigüedad como la mezquita de Córdoba, con sus correspondientes ampliaciones posteriores. La historia no acaba aquí, la historia no se para nunca. El islam rebotó como una pelota, en los picos de Europa y empezó a bajar por donde tan rápidamente había subido. De donde la cruz fue desalojada, poco a poco volvió y la media luna fue la que empezó a recular en dirección al mismo estrecho por donde se abrió paso unos siglos antes.

A Córdoba llegó de nuevo la cruz de manos de Fernando III el Santo, el islam se replegó hasta Granada, de la que, por fortuna, terminó saliendo también.

La antigua Basílica de San Vicente, convertida después en flamante mezquita, pudo terminar en un solar donde construir la nueva catedral cristiana. Es lo que hicieron en numerosos lugares, pero por fortuna, y dada la belleza del templo, aquí se decidió mantenerlo en pie, consagrarlo al culto católico, y convertirlo en la catedral de Córdoba. Y así ha llegado a nuestros días, y así tiene que seguir muchos siglos.

San Vicente
Estancia que formaba parte del conjunto basilical de San Vicente./Foto: Cabildo Catedral

Que no te engañen, turista, en Córdoba tenemos un par de mezquitas o tres, repartidas por la ciudad para atender al creciente número de inmigrantes musulmanes que hemos recibido en estos últimos años. Pero ese extraordinario monumento que estás visitando, muy cerca del río y del puente romano, es la catedral de Córdoba. Lleva siendo la catedral desde hace 8 siglos. Es cierto que fue una mezquita, que gran parte de ella la construyeron los musulmanes, pero lo hicieron pasando por encima de la Basílica de San Vicente. Cuando llegó la media luna a Córdoba, la cruz ya llevaba tiempo aquí, y cuando se fue, la cruz volvió a donde ya había estado. La historia no se detiene nunca, la antigua mezquita ahora es la catedral del mismo modo que tu casa es ahora tu casa y hace años era la casa de otra persona, o un solar donde crecían las malas hierbas, que siempre han abundado por estas latitudes.