El Vía Crucis, existe


Cristo salud
Cristo de la Salud./Foto: Víctor Olivencia

Estoy seguro de que mucha gente en Córdoba piensa que la hermandad del Cristo de la Salud, conocida por “el Viacrucis”, pasa sin pena ni gloria por el lunes santo cordobés. Pero el caso es que pasa con las dos cosas, pena infinita encarnada en la imagen que portan tres de sus hermanos, y una gloria sublime con la que perfuman la judería que casi me atrevería a decir que dura hasta el siguiente Lunes Santo.

Este año llevaba muchos nazarenos, muchísimos para una hermandad de estas características, algo está pasando en el Viacrucis. Me decía el hermano mayor que no caben en el templo y doy fe de que en la recogida, una vez todos dentro, no cabía un alfiler. Me lo tuve que pinchar yo para salir del sueño en el que me vi metido en la madrugada del Martes Santo, en la Trinidad.

Ya sé lo que pensarán muchos de ustedes, “sin trompetazos, levantás, revirás y chicotás”, debería estar poco menos que prohibida esa procesión. Y sin embargo representa la esencia de lo que es la Semana Santa, no le sobra nada, pero tampoco le falta.

Córdoba es Córdoba, casi desde Alcolea hasta Villarrubia, desde las jaras hasta los depósitos de agua de la carretera de Castro. Pero hay sitios donde Córdoba es más Córdoba que en otros. Cada Lunes Santo, por el corazón judío de esta ciudad milenaria, pasa la hermandad del Vía Crucis perfumando esas calles con una esencia a cristianismo básico y puro, sin remiendos ni adornos, llevando en procesión al más grande de los judíos, muerto en una cruz.

Les confieso que no soy capaz de pasar por esas calles el resto del año sin percibir el aroma a penitencia que dejan tras su paso, que se queda allí enquistado. Confieso que la hermandad del Viacrucis me tiene enamorado, me tiene absolutamente rendido a sus pies, a esos pies descalzos de muchos de mis hermanos nazarenos. No podía ser de otra manera, año tras año buscándolos por esas calles estrechas, un día casi sin darme cuenta noté como alguien me colocaba en el cuello la medalla de la hermandad. Y siendo como soy el último de sus hermanos, seguramente sin la dignidad suficiente como para vestir la túnica, me he empeñado, como una obsesión que dura 365 días al año, en retratarlos con toda su grandeza. En lugares realmente complicados, donde no hay sitio ni siquiera para verlo pasar, entre una nube de incienso que a veces no me deja ni respirar. La Córdoba cofrade tiene que conocer en toda su profundidad como es la hermandad del Vía Crucis, como es su estación de penitencia.

Lejos de los redobles de tambor, los solos de corneta y las interminables conversaciones a gritos entre capataces y costaleros, aquí el golpe seco no es un martillazo ordenando una “levantá”. El golpe seco va a tu conciencia cuando le ves pasar desde una esquina, muerto y en absoluto silencio.

No se confundan, la imagen representa a Cristo muerto en una cruz, pero la hermandad rebosa de vida, crece y presenta unos números que darían que hablar, si alguien en Córdoba quisiera hablar de ellos. Sin esclavinas que engorden la nómina de hermanos participantes, sin trampa ni cartón, sin niños jugando a salir disfrazados de nazareno en una jornada de carnaval sacro.

Algo ha cambiado en estos años en el Via Crucis, cofrade que ves pasar las cofradías con tu lata y tus pipas. No te has parado a pensarlo, pero hace años el paso de la hermandad no te daba ni para media lata y ahora hasta necesitas ir a por otra, en una secuencia interminable de parejas de negros nazarenos, alternando cruces con cirios, dando la sensación de que no se terminan nunca, hipnotizándote al pasar.

Muchos harán con el Vía Crucis lo mismo que cuando están viendo una película y hay una pausa para publicidad. Si no quieres perderte las marchas que están de moda este año, ni las maniobras más lucidas y complejas de los pasos, cuando está pasando el Vía Crucis es el momento perfecto para ir a mear, y perdonen la grosería. Es normal, es un Crucificado que llevan entre tres tíos cubiertos, de negro y en absoluto silencio. Es aburrido, es soso… Pero es tan grande su estación de penitencia que no te entra por las pupilas de una vez, hay que retratarla e ir poco a poco asimilando la rotundidad de su Mensaje, cada día un poco durante todo el año.

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