La víspera de una pasión


Hace unos días que entró por las puertas, subido al borriquillo. Se ha reunido con su gente, sus seguidores se cuentan por cientos, puede que por miles. En estas horas le ha dado tiempo a dejar sin argumentos a todo aquel que ha intentado callarle la boca, ha dicho verdades como puños, en público como en privado. Ha puesto orden en el templo, despejándolo de mercaderes que están compinchados con los sacerdotes corruptos. Tiene pendiente una cena con sus más allegados y un rato de oración en un huerto cercano. Casi se podría decir que está con la agenda bastante apretada.

No lo puedo afirmar con exactitud, pero estoy casi seguro de que una mano infame ya ha estampado la firma en su sentencia. Ya se ha buscado al discípulo más débil, y ya está debidamente sobornado con un puñado de monedas… A estas horas deben de estar ultimando los detalles de la trampa en la que piensa hacerle caer.

Le han dejado ir demasiado lejos, saben que lleva tiempo predicando una doctrina que representa un soplo de aire fresco. Se escuchan habladurías de que ha obrado prodigios inexplicables, pero lo que más les inquieta, es que no tiene miedo. Cuando habla, y cuando calla, lo hace siempre desde una superioridad moral que esos fariseos no están ni siquiera al alcance de comprender. Amenaza todo el orden establecido conocido hasta la fecha, basado en corruptelas y abusos de poder. Basado en mantener al pueblo sumido en la oscuridad y en el terror. No pueden consentir que alguien haga que la gente pierda el miedo. No pueden consentir que alguien les quite la venda que los mantiene cegados y sumisos al poder establecido. Hasta aquí hemos llegado. Hay que darle un severo escarmiento y cortar de raíz su mensaje, antes de que sea demasiado tarde.

En el calvario espera, profundamente clavado en el suelo, un largo poste de madera noble, astillado y con restos de sangre de numerosos condenados. Cuando tienen lugar las ejecuciones, los propios reos llevan sobre su espalda el madero transversal, que acoplado al que está en el calvario da forma a la cruz, a la más horrible forma de ejecución que ha conocido la humanidad.

En el taller del herrero, medio oxidados, esperan apilados unos clavos junto con el martillo, tres de ellos fijarán a la cruz las extremidades del Maestro. En una esquina del patio de armas de la fortaleza romana, una rama de espinos ni siquiera imagina que va a servir para que hagan con ella una corona.

La soldadesca anda medio aburrida, vagando por las dependencias del cuartel. La columna que preside el patio no tiene ni idea de quien va a ser el próximo en sufrir el martirio de la flagelación, amarrado en ella. La lanza que va a atravesar su costado, espera en un armero a que vayan a cogerla.

Está todo listo para que comience la Pasión. Tal vez sólo falten los alimentos que Jesús y sus discípulos van a tomar en la última cena, comprados en el mismo día para que estén lo más frescos posible. Falta amasar el pan, que de un día para otro se endurece demasiado. Me atrevería a decir que la leña con la que van a hornear la hogaza más trascendente de la historia aún no ha sido ni cortada. El horno espera paciente a ser calentado. El vino aguarda en la bodega, y el agua con la que Jesús va a lavar los pies de sus discípulos aún no la ha sacado nadie del pozo.

La daga que va a atravesar el corazón de una madre aún no ha perdido su brillo inmaculado, y el pañuelo que rebosará de lágrimas dentro de pocas horas, de momento aún está seco.