Las murallas de Jerusalén


De lejos se ve venir, subido a un borriquillo. Las primeras en darse cuenta son las piedras que forman el arco de la puerta principal, que da acceso a la ciudad de Jerusalén. Le acompaña una leve brisa que cimbrea las dos grandes moles de madera que hacen de puertas, las bisagras crujen amenazando con desprenderse del marco, están ya muy gastadas.

Casi se podría decir que toda la estructura tiembla, pero lo hace de forma imperceptible. La muralla entera presiente lo que se le viene encima al visitante que está a punto de atravesarla por su puerta principal.

Los pasos que va dando el borriquillo levantan una insignificante polvareda, nada que ver con la que levanta quien va subido encima, cada vez que habla. Hay más gente que entra y sale en ese momento de la ciudad, pero el estremecimiento de las piedras, ennegrecidas y gastadas por los años, se deben sólo a la proximidad del Maestro.

Hasta las piedras de la muralla saben a lo que viene. No pasarán muchas horas hasta que esas mismas piedras, le vean salir cubierto con un manto ensangrentado, con un madero al hombro y una infame corona de espinas sobre sus sienes.

Jerusalén
Hermandad del Lavatorio de Cabra./Foto: Víctor Olivencia

Si pudieran hablar le avisarían del grave peligro que le acecha, como si Él no lo supiera ya, pero sólo son piedras. Desde tiempo inmemorial soportan sobre si mismas toda una estructura defensiva que le da a la ciudad una cierta sensación de seguridad. Aquel que ya está a las mismas puertas no representa amenaza alguna para ellas, pero viene a hacer temblar los cimientos de una sociedad corrompida y sumida en el caos. La verdad, cuando la expresa alguien que no tiene miedo, y lo hace con una cierta contundencia, es capaz de derrumbar murallas, pero no murallas de piedra.

Siempre ha habido interés en mantener al pueblo sometido y en la ignorancia, aislado y confuso. Esa es la muralla que vino a derrumbar Jesús con su poderoso Mensaje, la que mantiene al mundo en la oscuridad, esclavizado y encadenado con férreas argollas en una mampostería infame e hipócrita. Por supuesto que iba a ser condenado. ¿Alguien lo dudaría?

Lo que tenga que pasar, pasará, y nadie podrá evitarlo. Con todo y con eso, las bisagras, en un amago de querer moverse para cerrar las puertas e impedirle el paso, sólo pudieron crujir y dejar pasar a Jesús. La impotencia casi le arranca unas lágrimas al desgastado metal, que cualquiera hubiera confundido con unas gotas de aceite para lubricar.

Ya está dentro, una parte de la muchedumbre se arremolina entorno a Él, la otra parte mira recelosa, y hay quien escupe en el suelo en un gesto de desprecio. Esperaban un guerrero, espada en mano y subido en un caballo. Jesús no tiene nada que ver con lo que muchos esperaban, la historia parece como si quisiera gastarle una broma a aquellos judíos que llevaban siglos esperando un libertador. Cuando tuvieron delante a Jesús, no vieron al mesías que esperaban. Los que quisieron su muerte fueron más, fueron mayoría. Como si de una democracia se tratara, se tuvo en cuenta la opinión de la mayoría, analfabeta, inculta y manipulada. El delincuente quedó libre de cargos, el gobernante se lavó las manos, y el inocente fue a cargar con la cruz de todos.

Del borrico no se volvió a saber jamás, las bisagras terminaron deshechas una vez sucumbieron a un interminable ciclo de apertura y cierre de las puertas, que se les hizo eterno. Las maderas de la puerta suspiraron aliviadas viendo el cometido que tenían otras maderas muy similares, que servían para crucificar hombres, a veces inocentes. Las piedras duraron tanto que bien podrían haber llegado a nuestros días, y si se las pudiera localizar y hablaran, podrían contarnos esta historia, como si hubiera sido ayer. Los judíos, no levantaron cabeza en muchos siglos, y aún siguen esperando al mesías.