La bolsa de Judas


Cuando Damocles comprobó que sobre su cabeza pendía una afilada espada, ya no quiso ser rey por un día y le pidió al verdadero rey que ocupara de nuevo su lugar.

Los cristianos no somos como Damocles. No pende sobre nuestra cabeza una afilada espada, pero tampoco estamos libres. Sobre nuestro bolsillo se cierne la amenaza de la bolsa de Judas. Cualquiera de nosotros podemos acercarnos un día al Maestro, darle un beso y señalarle con el dedo para que lo apresen. No estamos libres de caer en eso. Todo por una miserable bolsa de monedas.

El Maestro ya no está entre nosotros, en carne y hueso, pero está. Las monedas ya no llevarían la efigie de Tiberio, serían de curso legal, podrían ser billetes, cheques al portador, talones bancarios, vaya usted a saber.

Desde el principio de los tiempos, hemos tenido una asombrosa capacidad para vender nuestra alma al diablo, desde antes de saber que existía el diablo, desde antes de saber que teníamos alma. Tanto es así que recibimos la visita del mismísimo Jesús, y tuvo que venir uno de sus seguidores y venderle. Fue uno pero fuimos todos, en un momento de duda. Fuimos a lo seguro, a la bolsa con las monedas. Todo lo que contaba Jesús era muy bonito, era extraordinario, pero alguien hizo sonar las monedas en un saco, a modo de sonajero, y con eso fue suficiente.

A veces siento que estamos tratando de venderle, cuando cubrimos con oro la esencia de su Mensaje. Un remordimiento interno me subyuga el alma cuando escucho encarnizados debates sobre la calidad de los bordados de una túnica. Me suena en el oído interno la bolsa con las monedas, y se me antoja que nos alejamos en un esfuerzo por vestir a las imágenes con ricas telas bordadas. Mientras, desde alguna parte del templo, es como si el verdadero Jesús, desnudo y mostrando las heridas de la pasión, derramara unas lágrimas por nosotros, sin darnos mucha cuenta.

Ya lo sé, todo obedece a ciertas connotaciones de carácter litúrgico, que se funden con los orígenes mismos del cristianismo, ya se que todo obedece a una simbología, que todo tiene una explicación.

El cristianismo irradiado a modo de luz desde una cruz en el calvario, abrió sus ojos ante el mundo, desnudo como un bebé. Hubo que vestirlo de algún modo. Tras los leones vinieron los concilios, y al amparo de estos, nació toda la liturgia que hoy justifica muchas de las cosas que hacemos los cofrades. Yo no digo que se hagan mal, Dios me libre, sólo confieso que cada vez que escucho debates sobre la calidad artística de los enseres o de los ropajes, es como si escuchara la bolsa de Judas agitándose con las monedas dentro.

No demos más importancia al envoltorio que al regalo. El discípulo más débil, fue incapaz de creer en su Maestro, le traicionó con un beso y cuando se quiso dar cuenta ya era demasiado tarde. Cuando le vio apresado, el remordimiento le hizo aflojar la presión de su mano, y aquellas monedas rodaron por el polvoriento suelo. Si hubieran sido de oro, bien podrían haber terminado en alguna flamante túnica, de una de nuestras imágenes.

Todos nosotros corremos el riesgo de ser como Judas, en un momento de duda podemos escoger la bolsa con las monedas y vender al verdadero Jesús, y además hacerlo con un beso, o con un golpe de pecho.

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