¡No tires, repara!


Hace unos meses llevé a arreglar una olla a presión, ya que en varias ocasiones, y ante el ruido extraño que emitía, nos vimos obligados a acercarnos aterrados a la vitro, como si de desactivar una bomba se tratara. La situación ciertamente era ridícula, pues la operación consistía en aproximarse agazapado, cual felino ante su presa, y tras un movimiento rápido de muñeca, salir corriendo pensando que la deflagración podía ser inmediata. Me informé, pues ya no es fácil localizar “artistas” que se dediquen al noble arte de reparar, y allí que me dirigí con mi olla.

En el establecimiento me encontré con un hombre de aspecto bondadoso lo que me animó a entablar conversación mientras destripaba el bendito invento de la olla exprés (que sin duda, junto a la lavadora y a la fregona son los instrumentos que más han liberado a la mujer de antes, y al hombre de hoy). No tardó ni diez minutos. Quito la válvula, la abrió, la limpio, le echo aceite, la volvió a colocar y listo. Fue barato, la factura no alcanzo los siete euros, pero de allí no solo me llevé mi olla arreglada, sino una frase que me dijo: “Pues que sepa usted que me he tenido que poner a vender ollas porque la gente ya no piensa en arreglar las cosas, las tira y se compran una nueva. Igual me pasa con los braseros, este invierno no llega a media docena los que he arreglado cuando antes no daba abasto”.

Ya en el coche pensaba sobre lo charlado con aquel sabio sexagenario “licenciado” por la vida. Recordé que hacía unos días al llevar el coche por un golpe en el parachoques el mecánico me dijo que iba a pedir al seguro el poner uno nuevo. Es cierto, hoy día parece que no merece la pena arreglar las cosas, se tiran y se sustituyen por otras nuevas. Es otro signo de identidad de nuestra sociedad occidental y desarrollada que “usa y tira”. Parece ser que arreglar algo que está estropeado o en mal estado es una agradable sensación que el hombre moderno ha decidido renunciar. Reconozco que no he tenido muchas oportunidades de experimenta tal gozo pues soy de los que le sobraban la mitad de las piezas al terminar de intentar arreglar algo. De ahí proviene la sana envidia hacia mi hermano José Luis, que entre sus no pocas virtudes, sobresale el don de saber cuidar las cosas y saber arreglarlas por complejo y antiguo que sea el aparato.

Cierto es que en muchos casos no es que no se quiera arreglar, es que la vida útil de los productos que adquirimos cada vez es más corta y repararlos resulta prácticamente imposible (es lo que llaman la “obsolencia programada”), y también es cierto que cada vez se nos ofrecen más productos que se desechan con un solo uso. Esto hace que se vaya imponiendo, como antes citaba, la incultura de un consumo de usar y tirar. Pero no sería justo que nos sintiéramos solo víctimas del feroz mercado, sino también culpables pues muy poca gente conozco que cambie de móvil tras cinco o seis años cuando el teléfono haya “muerto”, normalmente desechamos el modelo antes de esa fecha y el lanzamiento de modelos más avanzados nos conduce a un deseo insuperable por adquirirlo. Baste contar los innumerables cargadores de teléfono que vamos acumulando en casa.

El mayor problema que yo encuentro en esta forma impulsiva de consumir no es sólo la cantidad de residuos que estamos generando (En España cada uno de nosotros generamos medio millón de toneladas al año), sino en la rigurosa verdad que encierra el aforismo “vive como piensas porque si no terminaras pensando como vives”. Y cuando eso ocurre, cuando

nuestra mentalidad es colonizada por ese modo de consumir, surge la que considero la peor de las consecuencias al quedar nuestras relaciones personales impregnadas de ese fenómeno. El entender que es más económico y gratificante reponer que reparar, debilita y provoca una creciente fragilidad en los lazos y vínculos humanos. Hoy encontramos relaciones laborales temporales y de sueldos leoninos que hablan por sí mismas de como hay personas que han sido “cosificadas” y por tanto convertidas en “algo usado” más que “alguien empleado”. Otro ámbito contagiado es el de nuestros vínculos afectivos .La idea del matrimonio, del “hasta que la muerte os separe” deviene un plazo inasumible en una sociedad marcada por el imperio de lo efímero. Y resulta que al igual que la ropa rápida de Inditex, la comida rápida de McDonald, la información a borbotones digital, los muebles rápidos de Ikea, la obsolencia programada de los aparatos que inundan nuestra casa… resulta que nuestras relaciones interpersonales también han tomado un carácter superficial, fugaz y desechable.

Creo sinceramente que ha llegado el momento de decir: ¡basta! Nos estamos dejando manipular hasta la náusea. No hay nadie (y por desgracia son muchos) que me haya hablado de su divorcio como un éxito. Es un mal trago que siempre viene asociado a no poco sufrimiento. El divorcio es siempre un fracaso de un proyecto que con mucha ilusión nació y se fraguo entre amor y alegría. Y al dolor conyugal añadamos el siempre inmerecido sufrimiento de los hijos. Es claro que en nuestro Estado no confesional debe estar permitido el divorcio. Pero también lo es que nuestra Constitución en su artículo treinta y nueve insta a los poderes públicos a proteger a la familia. No entiendo cómo el legislador entendió este mandato de nuestra Carta Magna al aprobar el “divorcio-exprés “; no puede ser que sea más complicado romper un contrato con una televisión de pago o una compañía telefónica que romper mi contrato matrimonial. La primera opción de una pareja en crisis no puede ser la puerta de un abogado. Ciertamente el matrimonio, como las cosas, se “estropean” pero nuestra mala praxis con la ropa o con el móvil, no podemos trasladarla a nuestra relación conyugal. Hay que esforzarse en buscar soluciones, en aumentar el dialogo, en hacer cosas juntos, en “querer querer”, en pedir perdón, en pedir ayuda…

No es mal símil el comparar la olla a presión con muchas circunstancias complicadas que viven en estos momentos miles de matrimonios. A veces puede que sea insalvable la convivencia, pero vivo con el convencimiento de que en muchos casos, si se reacciona a tiempo y se ponen en manos de un especialista que: abra, limpie, sople y cierre… se pueden sanar no pocas heridas y salvar no pocos matrimonios, no pocos hogares. Ojala seamos capaces de desprogramarnos de esta dictadura de lo efímero, en todos los ámbitos, pero sobre todo en el tesoro del amor conyugal que nos grita (aunque hoy clama en el desierto): “No tires, repara”!

2 Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo con el autor. Incidiría en lo importante de dar valor tanto a las cosas como, sobre todo, a las relaciones y, dentro de éstas, a las familiares. La sociedad consumista no nos deja ver los tesoros que tenemos y, a veces, malgastamos pensando que es posible reemplazarlos.

    • Gracias Julio. De eso se trata Julio, de cuidar el vinculo que da origen a toda familia y que nos permite tener un espacio donde se nos quiera por lo que somos ,sin exigirnos inteligencia, simpatía,belleza…quizás el único ámbito donde podemos descansar siendo lo que somos, porque si algo caracteriza el amor en la familia es su incondicionalidad.

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