Gimnasios del alma


Esta semana he comenzado a ir a un gimnasio y no daba crédito del gentío que allí encontré. ¡Ni que repartieran algo! La inmensa sala se quedaba pequeña, y una multitud de hombres y mujeres de toda edad y condición, ocupaban prácticamente la totalidad de las máquinas. Aquello es una auténtica feria. Hay que ver como en ésto del deporte podemos también percibir, como en nuestro país han acontecido enormes transformaciones que convierten en prehistóricas, imágenes de no hace más de treinta o cuarenta años. Recuerdo el programa de Eva Nasarre que puso de moda los “calentadores” y las mallas. Esta chica fue una Jane Fonda a la española que nos enseñó a través de la televisión una práctica deportiva que se llamaba «aerobic». Esa imagen de antes de ayer, supone el paleolítico si lo comparamos con el peso que hoy día ocupa el deporte y la gimnasia en nuestra sociedad. Al salir por la mañana puede que encuentre a alguien paseando al perro, pero lo que con seguridad me cruzo es a alguien corriendo. Son legión la cantidad de personas que hacen running , y no se de donde ha salido tanta afición a la bicicleta, pero los domingos y por “manadas”, llenan de color nuestra preciosa Sierra Morena. La mujer, no es que se haya incorporado a esto de hacer deporte sino que hoy en día hay más mujeres que hombres inscritas en los gimnasios. En el vocabulario deportivo también percibimos la revolución que se ha dado en esta disciplina, y si antes corríamos o practicábamos algún deporte de equipo, ahora podemos hacer: spinning, jump, zumba, stretching, pilates, yoga, core, latino, fitball, corebar, crossfit…

Está claro que estamos hablando de un elemento positivo de nuestra sociedad. El deporte, no hay duda, es saludable y lo es de manera inversamente proporcional a lo perjudicial y dañino del sedentarismo. La prevención de múltiples enfermedades, la mejora de la imagen corporal y de la función mental, la sensación de bienestar o la mejora de la autoestima, son algunos de las muchas razones para hacer gimnasia. Si hablamos del deporte de equipo los beneficios aumentan. A los once años tuve la suerte de empezar a jugar al futbol y en esa federación me mantuve hasta los veinticuatro. Sin duda ha sido, junto a mi familia y el colegio, un tercer ámbito de formación al que siempre estaré agradecido. Me enseñó la tremenda importancia de la disciplina y el esfuerzo, me mostró lo eficaz del trabajo en equipo, a pensar en el beneficio común, a moderar mi ego, a ponderar más el “nosotros” que el “yo”. Las derrotas mejoraron mi tolerancia a la frustración, y me ayudaron a entender que en la vida no siempre se gana, y que la humildad no es una virtud optativa sino obligada compañera de toda vida lograda.

Tal experiencia positiva hace que siga motivado y predispuesto a hacer ejercicio, aunque en esta ocasión haya elegido el gimnasio descartando cualquier deporte de equipo, ya que siempre supone un mayor riesgo de lesiones y uno ya no tiene veinte años.

Ayer al salir del gimnasio cogí uno de los dípticos donde se publicita la amplia oferta de actividades del centro deportivo. La contraportada terminaba con el conocido aforismo “mens sana in corpore sano”. La sentencia es incontestable: es bueno cultivar la mente, desarrollar la capacidad intelectual y dedicar esfuerzo y tiempo a nuestra innata querencia por conocer, por saber, por lo bello. Y también es bueno, cuidar nuestro organismo, llevar un vida saludable a la que contribuye y en gran medida, el ejercicio físico. Perseguir por tanto “una mente sana en un cuerpo sano” no es mal consejo y no puedo sino sentirme de acuerdo con el

mismo. Sin embargo el autor romano del famoso verso no dijo eso, o mejor dicho, no dijo sólo eso. Lo que Decimo Junio Juvenal escribió fue: “Orandum est ut sit mens sana in corpore sano”, es decir “debemos orar por una mente sana en un cuerpo sano”. La expresión latina hacía referencia a una triple formación: intelectual, atlética y espiritual que responde a la triple dimensión humana: cuerpo, mente y alma. Sin embargo se ha mutilado el verso y allá donde se decida utilizar la ingeniosa sentencia se invita a cultivar solamente la mente y el cuerpo. Con ello no solo mal citamos al autor sino que la oferta del consejo queda empobrecida. La dimensión espiritual, trascendente, es algo innato al hombre. Es claro que lo biológico no explica todo lo que soy. En la propia experiencia como personas, advertimos que nuestra relación con el mundo trasciende este nivel. .

Puede parecer que haya entrado a escribir en un ámbito puramente especulativo, pero no es así. Hablo desde el convencimiento de que el hombre contemporáneo, nuestra sociedad, nuestras relaciones, necesitan “más alma”. Me cuesta entender el pertinaz esfuerzo por eclipsar a Dios de la sociedad occidental a la que pertenecemos. Lo cotidiano es la banalización social cuando no la mofa de lo religioso. ¿Habrá daño más gratuito que la drag queen premiada del carnaval de Las Palmas? Hoy la propuesta es un hombre con “musculo”, con conocimiento, pero sin alma. No entiendo esa inquina hacia un Dios que me hermana con mis semejantes y propone el Amor como “ley” fundamental y decisiva. Las guerras, el hambre, la inmigración forzada, la violencia, la corrupción, las familias rotas, la ansiedad, la contaminación de nuestra casa común la Tierra… ¿No nos están hablando de una urgente y necesaria atención a un alma raquítica y descuidada?

Me alegra, ya lo hemos comentado anteriormente, que los gimnasios estén llenos, pero me entristece y preocupa ver las Iglesias si no vacías sí “envejecidas”. Disfruto y es reconfortante el bienestar que siento tras una sesión en el gimnasio, pero es inmensamente superior el gozo cuando mi alma es mecida por Dios. Sigamos llenando las salas de spinning, zumba o pilates, pero bien le vendría al hombre contemporáneo acudir también a los “gimnasios del alma”, a nuestras Iglesias, para cumpliendo en su totalidad el aforismo de Décimo, aumentar nuestra esencial dimensión fraternal y orientar nuestras vidas hacia la felicidad ansiosamente buscada por todos. Felicidad que no se encuentra rodeándonos de cosas, ni en el poder , ni en el conocimiento, ni en conseguir un cuerpo diez…sino en el encuentro con Aquel que ha puesto en nuestra alma el deseo de la verdad, de la justicia y de la belleza.

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