“Poner rostro al dolor ”


El año lo estoy estrenando, usando el dicho popular, con más pena que gloria. Se van sucediendo noticias de esas que dejan a uno helado. Noticias que no se quedan en una mera recepción cerebral, sino que rápidamente mutan, se convierten en sentimiento y duelen. Todas ellas además enmarcadas en el inmediato primer aniversario de la muerte de mi querido padre al que es imposible no echar de menos ya que fue un hombre cabal y bondadoso, un caballero, ejemplo de cómo se puede elegir para vivir un sendero de virtud, de buen hacer y sobre todo de buen querer. Sendero del que no se desvió un palmo, acompañado siempre en esa travesía de otra persona especial como él, a la que colmó de felicidad.

Esta situación aderezada con la tenencia de un hijo en plena efervescencia hormonal y de inquietudes, que a veces me aborda pidiendo explicaciones sobre el dolor, sobre el sufrimiento, me anima a reflexionar y escribir sobre esta realidad que realmente es de las más ciertas y próximas a toda existencia humana.

Antes de adentrarme mar adentro, os comparto que siempre que escribo, al reconocerme ni periodista ni escritor, siento absolutamente prescindible este rincón digital que gentilmente dispongo. Hoy que desciendo a las profundas moradas del alma, mi sentimiento queda corregido y aumentado.

El dolor es una realdad que antes o después toca a la puerta de todo ser humano. Y no es ésta una actitud pesimista o negativa de la vida. Basta vivir para saber que la vida implica dolor, y es imposible evitarlo. Como seres humanos todos nos enfrentamos al hecho de que tarde o temprano perderemos relaciones valiosas por rechazo, separación o muerte. Tarde o temprano y en mayor o menor medida, pasaremos una crisis, experimentaremos una decepción o un fracaso. El dolor no discrimina y de una manera u otra todos experimentaremos pensamientos y sentimientos dolorosos.

Como decía, no es cuestión de ser un mustio de la vida, ni consecuencia de una actitud melancólica o existencialista. Es puro realismo, ése “decimo” lo llevamos todos y nacemos con la seguridad que va premiado. No es descabellado por tanto el pensar que deberíamos prepararnos más y mejor para cuando el pesar nos visite para quedarse, pues como expresa Victor Frank “si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. Esto explica que el dolor sea capaz de destruir a una persona y sin embargo para otra el dolor templa, madura, forja, es escuela. Es ésta por tanto una partida inevitable que se puede ganar o perder .

La pregunta ahora es si hoy estamos nosotros preparados y estamos preparando a nuestros hijos para ganar esa partida. Hay algunos índices que parecen indicar que no. Cierto desamparo tiene que sentir el hombre contemporáneo cuando los libros de autoayuda y superación cada vez ocupan más espacio de los expositores y han aumentado exponencialmente tanto su edición como su venta. Pero hay otro detalle que considero más determinante y objetivo para constatar el serio desabrigo que padecemos .Los médicos continuamente reciben visitas del tipo: “Doctor tengo tal problema mándeme usted “algo”. No me refiero a patologías que lógicamente requieren de su tratamiento farmacológico. Lo que el colectivo médico denuncia es precisamente de lo que estamos hablando: Hoy en día es moneda común ante una situación cotidiana que produzca dolor( afectiva, salud, laboral, fallecimiento…) buscar el remedio rápido, la solución “express” de algún fármaco. Parece como si no hubiera más fuerza para enfrentarse al contratiempo que para pedir cita.

La huida rápida, el intentar saltarse cualquier duelo por pequeño que sea, no puede ser la solución. Es sabia la expresión de San Ignacio: “en tiempos de tribulación no hacer mudanzas y poner mucho rostro”. Una simple frase pero que encierra dos grandes principios a tener en cuenta cuando uno se encuentra mal: no tomar decisiones importantes y no huir del problema sino enfrertarlo, “ponerle rostro”.

Ahí me quedo, mi pretensión hoy no es otra que remarcar lo importante que es saber sufrir para saber vivir. Quizás porque hoy (y mañana hará un año…)me duele la vida, quizás porque hoy me toque “ponerle rostro al dolor”.

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