Ecología y familia


Leo con agrado en la prensa que el Real Jardín Botánico de Córdoba , dentro de sus actividades de divulgación sobre la necesidad del cuidado del entorno natural, pone en marcha, desde éste mes de Octubre, una nueva edición de lo que han querido denominar “Talleres en familia”. La iniciativa municipal la encuentro ingeniosa y sobre todo interesante, ya que responde a dos de los mayores desafíos que nos presenta el momento histórico que compartimos: ecología y familia. Dos tareas de fácil relación, ya que si una vela por el cuidado de la Tierra, que es casa común, la otra cuida de la casa-hogar. Dos ámbitos esenciales para el desarrollo de cualquier persona, dos ámbitos necesarios para la misma vida, y sin duda directamente vinculados con la calidad de ésta. El vivir en un entorno natural saludable, no contaminado, y el crecer en un contexto familiar estructurado, tranquilo y amable, son dos premisas innegociables para propiciar una sociedad que permita a sus ciudadanos alcanzar una vida lograda, una vida feliz.

La tozudez de la realidad nos enseña que tal afirmación no es ninguna profecía. Quizás hace cincuenta años sí podían parecer plausibles posturas contrarias. Hoy sabemos, y bien que lo sabemos, que por no atender lo suficiente, por no mimar como se merece la Tierra que gentilmente nos hospeda y la institución de la familia, hay que hablar de situaciones que complican y dificultan nuestras vidas. No hablamos por tanto de futuro o de consecuencias lejanas, pues aunque el cambio climático está presentando sus efectos más letales lejos de nuestra Europa, no es menos cierto que también nosotros empezamos a percibirlos en nuestro día a día. Uno de los muchos ejemplos que validarían tal afirmación, son los treinta grados que marca el mercurio de mi ventana en un ya bien entrado “veroño”, y que alejan sine die, para desconsuelo de mi mujer, el brasero y la mesa camilla. En cuanto a la familia, es complicado encontrar quien no se encuentre “salpicado” en mayor o menor medida, o con mayor o menor proximidad, por la realidad siempre dolorosa del fracaso matrimonial. Son escalofriantes las cifras que manejamos año tras año. Los últimos datos oficiales del 2015 nos hablan de 96.562 divorcios, de los cuales más del 60 % de los matrimonios truncados tenían hijos. La ruptura de una vida en común no puede ser fácil para los cónyuges, pero considero que la peor de sus consecuencias es, en la mayoría de los casos y de manera prematura, la carta de presentación para los pequeños de una realidad que desconocían: el dolor, el sufrimiento.

Por eso considero acertada ésta iniciativa municipal que atiende y se dirige a la familia y a la ecología. Y a decir verdad mi satisfacción es mayor por la primera que por la segunda. Obviamente no por desestimar la ecología, actitud que solo podría amparar la ignorancia o la necedad, sino por la tremenda desproporción que fácilmente se constata entre la presencia y peso del medio ambiente (en medios de comunicación, actividades, campañas institucionales, ONG…), y el esfuerzo que la sociedad dedica al cuidado y bienestar de la familia. Curiosamente estando considerada por la política y la sociología como la célula básica de la sociedad, y apareciendo en cualquier encuesta como la institución más preciada (por encima del dinero, la amistad y la salud), sin embargo su desprotección por parte de las administraciones públicas es palmaria. De no ser así, no tendríamos las cifras de rupturas antes citadas. Pero ciertamente, ¿Qué salida, qué ayuda, qué puerta amiga encuentra hoy un matrimonio en conflicto? Desconozco si el Ayuntamiento, la Junta de Andalucía, el Estado o alguna ONG ofrece algún tipo de amparo, pero sí así fuera, éste es escaso y totalmente desconocido por la mayoría de los ciudadanos. De ahí que a nadie pueda extrañar que sea la puerta del abogado la que en mayor medida se acabe eligiendo.

Permítanme que ponga hoy sobre el tapete mi “orgullo eclesial” (no estaría mal que la Conferencia Episcopal, señalara una fecha donde celebrar y pasear por las calles de Madrid la alegría y el orgullo de millones de españoles por ser y sentirnos Iglesia) y afirmar el enorme esfuerzo, prácticamente en solitario, que dicha Institución está realizando en favor de la familia. No hablo de la ayuda a su supervivencia material donde todos sabemos que Cáritas realiza una admirable e ingente actividad, que supone la mayor y en ocasiones única razón para la esperanza, de miles de familias. A lo que aludo, es a las numerosa actividades de ámbito parroquial o diocesano, que tienen por objetivo la formación y ayuda para la estabilidad matrimonial y familiar a la que toda pareja aspira y desea, desde el momento que deciden iniciar su proyecto común de convivencia: Centros de Orientación Familiar, escuelas de novios, escuela de padres, espiritualidad matrimonial, convivencias familiares, semana de la familia…, además de un inmenso y rico material Magisterial que tiene a la familia y su cuidado por objetivo.

Bien está y siempre será insuficiente el cuidado de nuestro hábitat, pero ese celo no debe ser incompatible con una actitud mucho más proactiva de nuestras instituciones públicas, para lo que constituye el ámbito más influyente en la fragua de nuestra personalidad, y donde solemos encontrar, tanto la mayor inspiración para llegar a grandes alturas, como el mejor consuelo cuando nos visita el fracaso. Sin duda “invertir” en la familia es rentable. Exijámosle a nuestros gestores públicos mayor atención, mayor asignación presupuestaria y un significativo aumento de recursos humanos dedicados a la familia, pues si difícil es la vida cuando el aire está cargado de partículas o de dióxido de carbono, qué cuesta arriba se hace y cuanto cansancio vital genera, un “aire irrespirable” en el hogar.

1 Comentario

  1. Interesantísima reflexión de “ecología familiar”.
    En qué situación se encuentra ahora mismo el Centro de Orientación Familiar de la Diócesis de Córdoba? Hoy se necesita más que nunca…

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