Últimas voluntades


Sin duda el recordar mi casa con la alegría y algarabía propia de una familia de seis hermanos, hace que me cueste encontrar ventajas a la situación de hijo único. Medio en broma medio en serio pensaba que por lo menos tal escenario conlleva la ausencia de conflictos a la hora de la herencia. Pues desde hace unas semanas, queda en mí aún más desvalidas las prerrogativas del hijo exclusivo, tras contarme un antiguo compañero, que así vivió su infancia, el lio tan tremendo que tenía con su herencia materna.

La verdad es que tengo la sensación que a la hora de abordar los problemas y causas que nos llevan a diagnosticar una “mala salud” de la familia y sus posibles soluciones, se habla poco de una situación que a menudo tiene efectos claramente perniciosos para la convivencia y unidad familiar. Me refiero a la condición de heredero. Ciertamente tal condición, obviando la causa que la genera, no tenía por qué llevar vinculado ningún otro daño, pero bien sabemos que no es así, y el momento de recibir la herencia pasa a convertirse para algunas familias, con más frecuencia de la deseada, en el principio de una buena sarracina que distancia o incluso separa definitivamente a sus miembros. No hace falta que sea colosal la herencia, basta en ocasiones una pequeña propiedad o un puñado de recuerdos personales de mayor o menor cuantía, para que surja el conflicto por la propia herencia o por convertirla en pretexto ideal para que afloren antiguos problemas que estaban larvados. Otro elemento que a veces entra en acción y que normalmente no ayuda, es la aparición de los parientes políticos y con ella se podrían citar otras muchas variables que, malas en sí o simplemente inoportunas, nos invitan a entender la situación cuanto menos “delicada”. No escapa lo afirmado a nuestro sabio refranero, que no duda en afirmar que “el que deja herencia deja pendencias”, o que la “herencia sin problemas no es una herencia, es un milagro”.

El percibir que este tipo de conflictos goza de buena estadística y la devastadora situación en la que quedan algunas familias, hace que el asunto sea merecedor de mayor atención. Reconozco que mi preocupación no es altruista pues como es lógico, deseo que en mis hijos se “obre el milagro” y continúen en paz y armonía tras la herencia que puedan recibir ¿Podríamos decir que los padres debemos también educar para heredar? Pues viendo que es un factor indiscutible en la alta judicialización del ámbito familiar yo diría que sí, hablando y tratando el tema de forma explícita con ellos, pero sobre todo de manera implícita, ya que es una de esas situaciones donde la educación nos muestra que no es una ciencia exacta, sino que es tan apasionante como compleja. Mis padres de manera rigurosa me enseñaron a comportarme en la mesa, pero no encuentro en mi memoria la charla donde me explicaban cuando era oportuno quedarme a comer en casa de un amigo o cuando debía marcharme. Las situaciones son infinitas y en unas será acertado el quedarse y en otras no. Ahí acertará la persona que en “su mochila” encuentre conceptos como el respeto, la prudencia, el saber estar, la empatía…

El caso que nos ocupa lo encuadro de igual forma. Las situaciones familiares pueden ser tan variables que serán los valores y virtudes de cada hermano, cada yerno, cada cuñado… los que puedan conseguir o impedir que todo transcurra en paz y armonía. La empresa, visto lo visto, demandará un “zurrón” lleno de valores, pero me gustaría destacar el que encuentro crucial para el tema que nos concierne: Debemos los padres educar tratando de equilibrar la enorme presión que todos recibimos (nuestros hijos por lógica también) y que trata de convencernos que la esencia de nuestro ser, de nuestra naturaleza humana, está en el tener, de tal suerte que yo soy más cuanto más tengo; de ello dependerá mi autoestima y por tanto mi felicidad. Todos sabemos, porque la experiencia es universal, que el hombre por definición es un ser “insatisfecho” y que es imposible llenar sus infinitos anhelos con cosas materiales. Los creyentes, como bien expresó San Agustín sabemos el porqué de nuestra continua “inquietud”, y sabemos que sólo en Dios encontramos la paz y la armonía definitiva. El que no haya encontrado la fe estoy seguro también comparte, que nuestra felicidad no puede estar vinculada al último modelo de teléfono móvil, de coche ni a vivir en un casoplón de película. Lo curioso es como unos y otros nos dejamos engañar con excesiva facilidad, y analizando nuestra agenda, nuestra manera de trabajar, de vivir… no sea fácil reconocer que nuestras vidas estén orientadas al ser más que al tener.

De las muchas grandezas de educar a los hijos, está la obligada tarea de acomodar lo que decimos con lo que hacemos, por lo que convencido de que la felicidad de nuestros hijos no la podrán “comprar”, merece la pena estar atentos y esforzarnos en adecuar lo más posible nuestra vidas y su educación a todo lo que conlleva cultivar “el ser más que el tener”. Es éste sendero seguro para una vida plena, y dicho sea de paso, garantía para una apertura apacible y tranquila de nuestras “últimas voluntades”.