Mis hijos no leen


La semana pasada uno de mis hijos nos entregó el petitorio donde señalar los libros que necesitamos comprar en este curso. Tarea ésta a la que cada vez dedicamos más tiempo y atención, motivados fundamentalmente por el precio de los mismos. En el proceso de “búsqueda y captura” entre nuestros círculos más inmediatos, comenzamos como es lógico, por buscar los libros utilizados por su hermana, por si se diera la siempre alegre sorpresa de encontrar alguna coincidencia.

Este año, la plena implantación de la LOMCE y los diferentes itinerarios curriculares elegidos por ambos, hacían que no albergáramos muchas esperanzas; sin embargo no fue del todo estéril el rastreo, y aparecieron cinco libros, que en principio me iban a brindar la satisfacción que siempre ofrece saltarse la casilla sin poner la cruz en el preceptivo papel. Pero en este caso no hubo regocijo alguno. La razón de tal desazón estaba en que todos ellos parecían recién traídos del centro comercial. Se encontraban nuevos, impolutos, y es sabido que la herencia de un libro escolar “inmaculado”, es huella indudable de una clara dejación de deberes por parte del donante. Circunstancia ésta que como es natural, genera en los padres cierta preocupación. Y así ocurrió, pero en esta ocasión mi inquietud fue algo mayor, al cotejar que todos los libros pertenecían a la selección de la lectura obligatoria.

Ciertamente no me encontraba ante un descubrimiento, los flamantes libros no me revelaron algo que no supiera, y la ausencia de hábito de lectura de mis hijos es algo que bien conocía. Lo que sí sirvió es para preguntarme las razones que subyacen a una realidad que acontece con demasiada frecuencia en la mayoría de nuestros hogares: Los hijos o leen poco, o sencillamente, no leen nada. Cuando una determinada situación no deseada se ha socializado, y responde en mayor grado a la normalidad que a la excepción, es evidente que algo no estamos haciendo bien. Y el hecho que tratamos no es baladí, la falta de afecto por la lectura de nuestros hijos, tiene no poca importancia. No sólo porque al renunciar a ella se renuncia al placer intrínseco que procura, sino que también, porque viendo los derroteros de nuestra sociedad hacia un voraz supremacía de lo pragmático, de lo técnico, es cada vez más necesario que cultivemos todo aquello que nos haga más humanos, mejores personas, y la lectura lo es. En ella todos podemos encontrar, pero pienso especialmente en nuestros hijos, inestimable ayuda para enriquecer su capacidad de comunicación, pues sin duda es la gran herramienta para mejorar nuestra relación con el lenguaje, de igual manera permitirá desbordar su imaginación , despertar o incrementar su sensibilidad, aumentar su juicio crítico, lo que convierte en más onerosa su manipulación incrementando por tanto la libertad de nuestros hijos.

Estas y otras bondades de la lectura me animan a entenderla no sólo como algo placentero y gratificante para ellos, sino sobre todo como algo necesario. Es por ello que merece la pena esforzarse en conseguir una mayor estima y valoración de la lectura por parte de nuestros hijos. Y el foco, una vez más hay que ponerlo en los dos ámbitos que mayor capacidad de influencia ejercen en ellos: el familiar y el escolar. El encontrarnos en un blog y no en una tesis doctoral, me invita a compartir confiado y sin temor al error, un par de sencillas reflexiones fruto de la experiencia relatada. En primer lugar reconozco la decepción que me ha producido el aprendizaje vicario. La capacidad innata que los pequeños tienen para imitar modelos de conducta es indudable, pero en el caso concreto de la lectura, mi experiencia me obliga a calificarla también como insuficiente.

En casa, nuestros hijos nos han visto con un libro entre las manos en mucha mayor medida que delante del televisor. Parece, por tanto, que “el ejemplo” necesita un “plus”, algo que consiga darle valor añadido al mismo: Quizás el comentar en familia lo leído convirtiendo en diferentes momentos(comidas, cenas, paseos, viajes…) la lectura en motivo de conversación. Pero a pesar de lo mucho que podamos hacer en ese campo pienso que la lectura parece tener más relación con el aprendizaje activo (aquellos conocimientos que se adquieren al hacer las cosas) que con aprendizaje vicario, que como hemos dicho, es aprender observando a los otros. Y es aquí donde introduzco el otro ámbito claramente involucrado en esta tarea: el escolar. Comienzo por afirmar que me sitúo en las antípodas de entender que los problemas de mis hijos tienen su causa fundamental y primera en el colegio, pero también es cierto que tratamos un tema directamente relacionado con la instrucción escolar , y buena prueba de ello nos ofrece la lista de lectura obligatoria protagonista del relato. A ella me quiero precisamente referir, ya que no acabo de ver que la mejor manera de despertar el gusto por la lectura sea la metodología de ofrecer únicamente una lista cerrada de lectura obligatoria. Si a ello le añadimos que son títulos clásicos del tipo “El Poema del Mío Cid”, San Martín Bueno Mártir o la Apología de Sócrates… mucho me temo que mi hijo (y dudo que sea excepción) acabará buscando en internet, y no antes de la vísperas de la prueba, una buena síntesis que le permitirá pasar airoso la prueba y de paso servirá para que mis sobrinos reciban, de nuevo “vírgenes” , el lote entero. Pero sin duda lo peor es que tras un nuevo curso, la lectura seguirá siendo para él una realidad alejada de su ocio, de sus momentos gratificantes, y continuará entendiéndola como una tarea obligatoria, aburrida y perfectamente prescindible.

Quizás habría que valorar la posibilidad de ofrecer cierto margen para seleccionar sus propias lecturas de acuerdo a sus preferencias, sus gustos, pero sobre todo a su nivel de habilidad para leer comprensivamente. Solo son pequeñas reflexiones, probablemente no del todo correctas y con seguridad insuficientes para la hermosa tarea de persuadir y motivar a nuestros hijos y alumnos a la lectura, pero lo que si estoy totalmente seguro es la verdad que encierra el afirmar que familias y docentes, tenemos en nuestras manos, la posibilidad de ofrecer una de las actividades que contribuyen en gran medida a la belleza de la existencia, y que como decíamos, no sólo aporta valor lúdico sino que sin duda es ayuda inestimable para vivir, para afrontar la vida, porque como afirma Pérez Reverte: “Los libros te ayudan a empezar la vida con ventaja, ofrecen mecanismos para comprender mejor la realidad, y armas para enfrentarse a lo que otros ya han vivido”. Casi nada … y mis hijos sin leer.

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