“En Familia”


Cuando estamos en una situación confortable, de agradable compañía, cuando estamos “a gusto” y queremos que alguien que se acerca al grupo capte de manera rápida ese bienestar, ese confort, no dudamos en utilizar la expresión: “aquí estamos, en familia”. Independientemente que exista consanguinidad o no, lo que transmitimos a nuestro interlocutor es que nos encontramos viviendo un momento placentero,  grato, feliz.

Esta asociación de ideas habla por sí sola de la alta estima y valoración que damos a  la familia ¿Cómo no valorar al único ámbito  donde se nos quiere por lo que somos? Donde no hay que superar ningún determinado  estándar de inteligencia, o de belleza, o de simpatía, por no ser, no hay que ser ni bueno, y así se quiere igual o más al  hijo que le está costando  vivir,  que al que está “metido en verea”. Es por tanto un lugar donde no son necesarias las  “caretas”, podemos estar “en zapatillas”, “de trapillo”, y esto es así porque nos sentimos confiados,  seguros  de encontrar respuesta al mayor anhelo de nuestra alma: ser amados. Y quizás no en el amor conyugal, pero en el amor filial hablamos de la necesaria y gozosa experiencia humana de encontrar un amor sin razón, un amor “a-motivado”. Tal es su riqueza, que cada día entiendo como una de las mayores  pobrezas, la ausencia de familia.

La “pregunta del millón” viene ahora: Si esa alta estima por la familia es el sentir general, si todas las encuestas lo constatan independientemente de la franja de edad en la que se pregunte, con el nivel cultural que se tenga o con la posición social que se ocupe ¿Cómo es que se encuentra la familia en una situación tan  preocupante?

La situación es fea, bastante fea, pero  en este primer blog estableceré un principio que espero y deseo informe  a mis musas cada vez que me disponga a escribir delante del ordenador. Son palabras que pertenecen al  santo  Juan XXIII pronunciadas en la inauguración del Concilio Vaticano II: “disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos  sucesos, como si fuese inminente el fin de los tiempos”.  La suerte de los cristianos es que además del optimismo conocemos la esperanza. El optimismo necesita de cierta información, ciertos signos que permitan pensar en un devenir positivo. La esperanza cristiana nos permite esperar incluso cuando nada invita a ello.

Ahora bien, siendo la esperanza y la gracia esenciales, en la mayoría de las situaciones sabemos que no son  suficientes, pues en el “abajamiento” del Dios que se encarna también figura el hacernos colaboradores,  demandando así  nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestro trabajo. A mis dos hijos les repito en muchas ocasiones una  ingeniosa frase de Albert Eistein : “el único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es el diccionario”. De esta manera queda orientada tanto la pretensión como  el talante de este blog: Un rincón para “en familia” trabajar por la familia. Un lugar donde informar, reflexionar, opinar… y así ayudar a “construir familia” sabiendo que ésta es una institución básica para la sociedad y para la Iglesia.

La situación de  “descomposición familiar” convierte este esfuerzo en necesario, pero es más ilusionante pensar que además de necesario es oportuno, pues viendo como se precipitan, uno tras otro, diferentes acontecimientos eclesiales con la familia como objetivo (ciclo de catequesis del  Papa Francisco, dos Sínodos, Exhortación post-sinodal Amoris Laetitia…) qué duda cabe que para dicha institución no es éste  un momento cualquiera (un chrónos) sino un momento de gracia(un kairós).

1 Comentario

  1. Interesante, necesario y dificil tema.
    Te deseo toda la inspiración, humana y divina, para esta singladura bloguera. Te iré siguiendo, amigo

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