¡Hosanna en el cielo!


Hoy es el pórtico donde se anuncia y proclama el misterio central de nuestra fe y somos llamados a compadecer con Cristo

Hoy comienza la Semana Santa y la Iglesia entera celebra la entrada de Jesús en Jerusalén en la que es aclamado como Rey y Señor. Es el primer acontecimiento de un itinerario que le llevará a consumar en la cruz su misterio pascual. Una semana en la que somos invitados a unirnos a Cristo y compartir los sentimientos de su corazón participando activamente en su pasión y muerte para luego participar de la gloria, del triunfo de la resurrección.

En Córdoba este gran misterio comienza cuando en el atrio de San Lorenzo aparece la chiquillería con sus túnicas blancas inmaculadas, la inocencia y pureza, con sus cíngulos rojos que anuncian el misterio de la pasión y muerte de Nuestro Padre Jesús de los Reyes seguido de su bendita madre la Virgen de la Palma. Un amanecer soleado que nos lleva al epicentro de la Iglesia de Córdoba, inundando el Patio de los Naranjos de alegría y algarabía, portando en sus manos ramas de olivo y palmas que anuncian que el Hijo de Dios llega hasta nosotros para darnos vida en plenitud.

Y en la tarde contemplamos la otra cara de este primer día que no es otro que el misterio de la pasión y muerte del Señor. Desde el arco de San Francisco nos anima a vivir la actitud orante de Jesús en la oración del Huerto de los Olivos, que obedientemente asume el cáliz amargo que ha de consumir; en la plaza del Alpargate, el Señor de Córdoba nos enseña, con su figura serena y señorial, cómo aceptar con humildad las afrentas y los agravios y a no tener miedo de entregar la vida a imagen del Santísimo Cristo de las Penas, sino derramar a raudales en las periferias de la existencia la locura de un Cristo que es Amor en excelencia. Un día para imitar al mejor modelo de seguimiento a Cristo, Ntra. Sra. De la Esperanza, que nos invita a caminar tras las huellas del nazareno guardando el dolor en el interior de su corazón, derramando lágrimas que se transforman en notas de alegría que proclaman la Resurrección de Nuestro Señor.

Hoy es un día festivo en el que entran en juego los contrastes, el canto alegre y exultante en honor de un Rey que se presenta bajo las credenciales de la humildad y sencillez a lomos de un pollino; y, por otro lado, el aroma a muerte bajo el grito cargado de ignominia y sabor a hiel -¡crucifícalo, crucifícalo!- Hoy es el pórtico donde se anuncia y proclama el misterio central de nuestra fe y somos llamados a compadecer con Cristo, a tener los mismos sentimientos de su corazón, y a descubrir que esta entrega de la vida es por mí, por el perdón de mis pecados y para abrirme las puertas de la vida eterna.

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