Ante la emergencia educativa


Escuela de Verano de Cruz Roja.
Escuela de Verano de Cruz Roja. /Foto: LVC

Vivimos una etapa que se presenta llena de incertidumbres, unas sobrevenidas a causa de esta pandemia y otras, que se vienen arrastrando desde hace años y que generan un gran desasosiego en todos los actores del sistema educativo como puede ser la ausencia de un pacto educativo, no sólo a nivel local, sino como también dijera el Papa Francisco, a nivel mundial.

El pasado 7 de febrero, en la ciudad del Vaticano, organizado por la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, se celebraba un Seminario bajo el título “Educación: el Pacto Mundial” donde el Papa afirmaba que: “El pacto educativo que se da entre la familia, la escuela, la patria y el mundo, la cultura y las culturas está roto, y muy roto; y no se puede pegar o recomponer”. De hecho, la única manera de recuperarlo es “a través de un renovado esfuerzo de generosidad y acuerdo universal”. Por ello, el papa Francisco señalaba que “hoy estamos llamados” a “reintegrar el esfuerzo de todos” por la educación, “para rehacer un nuevo pacto educativo, porque solamente así podrá cambiar la educación”.

Hay quienes siempre han comprendido la escuela como un lugar que reduce su acción a la simple transmisión de saberes, de conceptos, y no es así; implica otras realidades, que, acogidas de forma integral, ayudarán a formar personas maduras, capaces de reconstruir el tejido relacional y de crear una humanidad más fraterna. Para ello, se necesita la implicación solidaria de todos los sectores de la sociedad, sin excluir a nadie.

El objetivo de todo esto no podría ser otro sino el de promover una cultura del diálogo, una cultura del encuentro y de una mutua comprensión, de modo pacífico, respetuoso y tolerante y, para ello, se necesita “una educación que capacita para identificar y fomentar los verdaderos valores humanos dentro de una perspectiva intercultural e interreligiosa” (Revista Vida Nueva, 7 febrero 2020) De ahí, que en nuestro país reclamemos y exijamos que de una vez por todas podamos conseguir un pacto por la educación.

En los últimos 40 años hemos tenido en España 8 leyes educativas, de la LGE de 1970 a la LOMLOE de marzo de 2020. Tras la primera, 1970, puesta en marcha por Franco y vigente durante los primeros años de la democracia, se han sucedido 2 con UCD, 4 con el PSOE, 1 con el PP, ya que la que promulgó Aznar nunca se llegó aplicar puesto que fue derogada por Zapatero y, la última, PSOE-UP. Ley tras ley, la sensación es que el sistema educativo ha ido empeorando de forma alarmante. Basta echar una mirada a los informes Pisa para constatar la debilidad del sistema educativo español en comparación con el resto.

Nos encontramos en un momento muy complejo y farragoso, donde está pudiendo más la ideología que la razón; la distancia y el enfrentamiento político y el sectarismo de un gobierno que excluye deliberadamente de cualquier diálogo a un determinado sector de la escuela, como son los centros de iniciativa social -concertados- y los centros privados. Al mismo tiempo, instituciones que con anterioridad han jugado un papel importante en el diálogo educativo hoy son irrelevantes y poco significativas, como es el caso de la Iglesia Católica.

A muchos les puede parecer que son muy duras estas palabras referidas a la Iglesia Católica, pero no por ello dejan de ser ciertas. La Iglesia en España ha perdido su fortaleza como ente para tener en cuenta a la hora de establecer un pacto educativo. ¿Por qué? Son muchas las razones que se pueden argüir, pero lo evidente es que en la actualidad nos queda el derecho al pataleo y arañar algo adjetivo perdiendo cada vez más lo sustancial, es decir, la posibilidad de mantener el ideario católico y la autonomía de los centros.

¿Está todo perdido? No. Nunca hay que dar nada por perdido. Pero se impone una vuelta a lo auténtico y genuino, lo que da la razón de ser a la educación, y por tanto, también, a la escuela católica. Y todo pasa por reconocer que estamos ante una emergencia educativa como afirmaba el papa Benedicto XVI en Roma en el año 2007: “en realidad hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran emergencia educativa, de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tiene finalidades educativas”.

Son muchas las cuestiones que preocupan y hacen entrar en crisis el sistema educativo como la confusión que genera la falta de criterios sobre lo que se ha de enseñar, transmitir y corregir. Términos que en el pasado tenían sentido, hoy prácticamente han desaparecido del sistema educativo como la cultura del esfuerzo, la constancia, obediencia, sacrificio, responsabilidad, autoridad…  Se ha instalado un clima de desconfianza que viene avalado por los resultados que proyecta en las nuevas generaciones, que no ha sido capaz de contener ni el absurdo de innumerables leyes educativas que más que arreglar el problema lo agravan si cabe. El papa Benedicto XVI lo describía del modo siguiente: “fracasos formativos, ruptura entre las generaciones, renuncia por parte de padres y educadores al cumplimiento de su misión educativa, reducción de la educación a la transmisión de determinadas habilidades, debilidad de la misma instrucción, dificultades para transmitir la fe, violencia en las aulas, una atmósfera cultural que duda del valor de la persona y del significado mismo del bien y de la verdad, falta de certezas y convicciones”.

Pero ante esta situación nos invita a elevar un canto a la esperanza, y en enero de 2008 rubricaba esta invitación con un grito a la Iglesia de Roma: “¡No tengáis miedo! Todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica”. Este cambio lo piden los padres que andan preocupados y angustiados por el futuro de sus hijos; los profesores, a los que el Papa Francisco llama “verdaderos artesanos de humanidad y constructores de la paz y del encuentro”, que asisten impotentes, a veces, ante la degradación que sufre la escuela, lugar de su realización vocacional y el escaso valor y reconocimiento a su tarea; la misma sociedad, que expectante y con congoja ve tambalearse los cimientos de la convivencia social; y por qué no, también los alumnos, que se sienten abandonados y desorientados ante los desafíos que la vida misma les plantea.

Para llevar a cabo un cambio radical, se impone una reflexión profunda donde volvamos la mirada sobre el propio hombre y repensemos su naturaleza, su identidad y misterio, su dignidad, su racionalidad, autonomía y libertad, su necesidad de amar y ser amado, su trascendencia y referencia a Dios. Hay que huir de ese falso concepto de autonomía del hombre, que presenta al ser humano como capaz de desarrollarse solo por sí mismo, sin referencias al otro, cuando en realidad el hombre es persona en una comunidad de personas, se realiza en el encuentro con los demás; y también, hay que luchar contra el escepticismo y el relativismo, que busca la propia realización sin tener en cuenta ni las normas ni a los demás, determinando cada uno por sí mismo los valores y las reglas éticas, se asume que no hay verdades absolutas, todo es contingente y revisable.

La educación lanza un grito de auxilio, y toda la sociedad ha de apostar por un cambio radical. Este pasa por orientar todos los medios con los que contamos a un fin claro y definido en el ámbito educativo que no es otro que la formación integral de las personas; estar abiertos a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y civilizaciones; adquirir un compromiso con los valores, como decía Benedicto XVI: “Sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo de la verdad que puede guiar la vida”; educar en la responsabilidad; que en el centro esté el amor, ya que educar es un acto de amor, ejercicio de caridad intelectual, que requiere responsabilidad, dedicación, coherencia de vida; y, finalmente, se necesita un apoyo decidido del Estado que respete y salvaguarde la inmensa riqueza y pluralidad del panorama educativo.

En España nos encontramos ante una tormenta considerable de la que ignoramos las consecuencias futuras para la enseñanza. Todos los actores de la comunidad educativa están en pie de guerra porque de algún modo u otro consideran que sus derechos están siendo burlados y cercenados. Estamos ante un Gobierno sostenido por una corriente ideológica que está resuelta a imponer un determinado modelo educativo excluyente, ignorando la pluralidad y riqueza del panorama educativo e imponiendo un pensamiento único con el objeto de someter al pueblo coartando el libre pensamiento.

Pretensión que es acogida con agrado por una parte del profesorado del sector público que es incapaz de ver cómo con ello su razón de ser, la de educar para la libertad, la autonomía, la creación de personalidades fuertes y maduras se ven abocadas al fracaso. Un profesorado que tiene miedo a la competencia, pero también, unos profesionales que no reciben el respeto y la admiración debida a razón de ser de la gran tarea que llevan a cabo.

Igualmente, los padres, la familia en general, ha abdicado de su responsabilidad primera en la tarea educativa delegando esto en la escuela, han renunciado a ser sujetos activos en el proceso de crecimiento y maduración de sus hijos; no defendiendo con más ahínco su derecho de elección no sólo de centro sino de la educación que desean para sus hijos y la de preocuparse más activamente en los objetivos, contenidos, programas, actividades… que se desarrollan en la escuela. Las familias deben tomar conciencia de que los padres son los que deciden, son los que tienen la responsabilidad principal, la tarea del Estado es subsidiaria y tiene el grave deber de garantizar el acceso universal a la educación, pero no la de imponer un modelo educativo en concreto ni decidir por los padres el centro ni el tipo de educación para sus hijos.

La escuela concertada y la privada, y ahora también la educación especial se ven ninguneadas y cada vez más perseguidas. Son maltratadas por el sistema ya que no se les reconoce el estatus que realmente tienen. En su caso, la escuela concertada no es tratada con igualdad, equidad y justicia por el sistema, aunque forma parte de la red pública educativa ya que como los llamados centros públicos está sostenida con los mismos fondos provenientes de los impuestos que pagamos todos, no recibe los mismos recursos materiales y humanos, marginando con ello no a una patronal, sino algo peor, a los alumnos. Se les niega una verdadera autonomía en la gestión y la posibilidad de llevar a cabo en plenitud su ideario, en el caso de los centros religiosos, el católico; que extendemos con carácter general cuando se quiere eliminar la asignatura de religión del sistema educativo.

La educación especial, con el nuevo proyecto de ley, no es reconocida en su identidad y singularidad que viene avalada en el tiempo. Claro que es una buena idea la de la Sra. ministra la de querer fomentar la inclusión e integración en la escuela ordinaria de muchos alumnos con necesidades educativas especiales y así cumplir el mandato de la ONU. Pero no es menos cierto, que la escuela ordinaria no está preparada ni la Administración cuenta con los recursos humanos y materiales necesarios. Es más, la misma Ley no contempla un presupuesto adecuado para implementar este proyecto.

Por eso prima, que, por el momento, por el bien de estos alumnos y de las familias, profesores, educadores… dejemos estar a la escuela de educación especial. Y dediquen más recursos para ayudar a los centros y las familias. Y también, un poco de respeto por todas esas familias e instituciones -la mayoría religiosas- las que históricamente, con recursos propios y pocas ayudas estatales, han colocado en el centro de su vocación educativa a los niños con necesidades educativas especiales, singulares, porque en ellos brilla la belleza que nace de la pureza del corazón.

Podríamos seguir señalando innumerables cuestiones que traen en jaque al sistema educativo. Pero quizás, el que ahora también preocupa es cómo se va a implementar con éxito las nuevas tecnologías aplicadas a la educación. El final del pasado año puso de relieve que aún no estábamos preparados para educar aplicando las nuevas tecnologías, que la brecha digital es considerable, que hemos de tener en cuenta los flujos migratorios y su integración en el sistema, la necesidad de mayores recursos humanos y materiales, la conciliación familiar…, muchas cuestiones que necesitan una respuesta conjunta y consensuada y no diecisiete y contradictorias. La ideología y los intereses partidistas o de clase deberían plegarse en bien de la educación, no pensar tanto en el aquí y ahora, sino con tener una mirada más ambiciosa, contemplar el horizonte del futuro, ya que somos responsables del mismo al ser responsables de la educación de esta generación.

Soy un idealista, y pasado el berrinche y ofuscación de aprobar la tramitación de esta nueva ley con tan poco respaldo social y político, pienso que aún estamos a punto de realizar un trabajo de conjunto con la participación de todos los sectores, y que este pueda ser un ensayo para que, en un futuro próximo, a corto plazo, todas las instituciones comprendan que estamos ante una emergencia educativa que necesita de un verdadero pacto por la educación.

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