No perdamos la esperanza

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Ayer tarde- noche mantenía una reunión virtualmente con uno de los grupos de matrimonios de la parroquia. Y al finalizar, aunque rezamos juntos el “Regina Coeli” y nos despedíamos con palabras de ánimo, me quedó un sabor agridulce. Tenía la sensación de que toda esta terrible situación ya estaba haciendo mella en los corazones, se respiraba pérdida de esperanza. Y eso no lo podemos permitir.

No perdamos la esperanza ante el hecho de tener unos líderes que nos mienten, no dicen la verdad, o tan sólo media verdad que es una gran mentira. Líderes que cada vez se muestran como más incapaces y no tienen claro hacia dónde nos llevan.

No perdamos la esperanza ante aquellos que han traicionado la bella vocación de informar con rigor y en verdad vendiéndose al vil metal; aquellos que se han rendido ante la dictadura del pensamiento único aprisionando en terribles y oscuras mazmorras la libertad de pensamiento y la sencillez y honestidad de la palabra, amordazándola con mascarillas de metal; aquellos que ocultan a la mirada con cromas de ensoñaciones la cruda realidad que nos permita conocer, no solo por apariencias, sino en toda su esencia por muy dura que esta sea.

No perdamos la esperanza ante la miseria, pobreza, exclusión que esta pandemia está poniendo al descubierto. No perdamos la esperanza ante los que utilizan la pobreza para mantenerse en el poder. Ese siempre ha sido su lenguaje: vivir del pobre. Y tienen la osadía de denunciar a los sectores que jamás han mirado hacia otro lado ni han utilizado a los pobres, sino más bien han optado por ponerse a su servicio ejercitando la caridad y no la falsa solidaridad.

No perdamos la esperanza ante promesas y discursos soporíferos que pretenden con circunloquios y abundantes prosopopeyas aparecer como reyes Midas  cuyas alforjas están vacías porque han esquilmado ese dinero “que no es de nadie” en sus laboratorios ideológicos para someter a una sociedad libre y democrática. Y ahora, ponen sus altavoces y maquinaria propagandista para perseguir y acosar a aquellos capaces de generar empleo y riqueza y abogan por una cultura del emprendimiento, el sacrifico, la creatividad… y reniegan de la subvención, porque son conscientes de que eso nos lleva a una sociedad esclavizada y al encumbramiento de negligentes e inanes gobernantes.

No perdamos la esperanza. Decía mi madre: Dios no se queda con nada de nadie. Pues será así. Llegará el momento en que la verdad quede al descubierto y podamos reconstruir un tiempo nuevo desde la sabiduría que nos da este tiempo de desierto y dolor. Ya estamos viendo ese cielo nuevo en esos oasis de amor, generosidad, sacrificio y entrega de tantas personas que están arriesgando sus vidas, las están perdiendo para dar vida. Se están sacrificando entregándose sin medida, porque amar hasta el extremo es eso, dar la vida. Ellos sí son un ejemplo y testimonio de que no podemos perder la esperanza.

No perdamos la esperanza porque este tiempo de dolor llegará pronto a su fin. Y ahora toca aprovisionarse interiormente, reflexionar, analizar y armarse de propuestas humanizadoras, porque cuando se abran las puertas de este confinamiento tocará aunar ideas, esfuerzos, para reconstruir. No perdamos la esperanza porque juntos albergamos un tesoro enorme para recuperar la belleza de la creación, la hermosura del hombre que camina por senderos de bondad, verdad y justicia.

No perdamos la esperanza.

 

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