Un amanecer cargado de dolor


Esta noche me ha costado conciliar el sueño, e incluso alguna lágrima he derramado y he sentido un profundo dolor. No dejaba de pensar en esta pequeña de 14 años, Celia, que el 12 de diciembre desaparecía y que ayer encontraron inerte en las aguas del Cantábrico. Aún desconocemos las causas de por qué esta joven adolescente con todo un futuro apasionante por descubrir y vivir, quedó frustrado en un gélido mes de diciembre.

Además de rezar por ella, no dejaba de pensar en sus padres, especialmente en el corazón traspasado y doliente, totalmente abatido y desolado de una madre que no hallará consuelo al desgarro más profundo de sus entrañas, a la pérdida de la pasión esperanzada con la que vivió el alumbramiento de su amada hija. 

Venía a mi memoria el recuerdo de mi madre. También perdimos un 12 de diciembre de 1977, de forma trágica, a mi hermano mayor con tan solo 15 años. En esa época tenía 9 años y jamás he dejado un solo día de recordar la imagen de mi madre inclinada sobre el cuerpo exánime de mi hermano, cómo humedecía su rostro yerto con las lágrimas que derramaba. Gran parte de su vida se fue con la de mi hermano. Día tras día asomada a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, como quien espera que el primer hijo con el que Dios bendijo el amor de mis padres apareciera en busca del abrazo, del calor maternal, del latir del corazón de la madre que palpita de forma diferente, los besos y caricias que saben a miel, es el néctar, la ambrosía de una felicidad inenarrable y con sabor a eternidad.

En este amanecer me encuentro incapaz de encontrar palabras que llegasen a ser un bálsamo, alivio y consuelo para los padres de Celia, para todos esos padres que prematuramente pierden a sus hijos por una u otra circunstancia, siempre, de algún modo, trágicas. Mantener viva la esperanza se hace difícil; que podrán recomponer la vida y seguir caminando, claro está, qué remedio, ¿verdad?, pero jamás será ya esa vida donde la alegría soñada sería ver cómo un día su hijita, el fruto de su alma, volara libremente para realizar sus sueños: ¿un amor? ¿un trabajo? …, una vida plena.

Hoy es el día de la Virgen de la O, día de la Esperanza; a esta bendita Virgen Madre encomiendo en mis oraciones a los padres de Celia, y especialmente a su bienaventurada Madre para que la envuelva con su manto y la sostenga en este cruel sufrimiento y terrible padecimiento. Confiado estoy en que la Señora de la Expectación habrá salido al encuentro de este ángel que en el cielo encontrará la paz y el sosiego, y que, desde allí, será el lucero que acompañe y dé paz a sus padres en este terrible desierto que los conducirá toda su existencia. La fe nos anima a vivir con esperanza y profundo amor situaciones dolorosísimas como esta, pero jamás unos padres podrán cerrar la honda herida del corazón hasta que un día puedan reunirse con su querida hija. Todos los días seguirán mirando al horizonte de ese mar esperando que un velero luminoso le devuelva aquella que le fue arrebatada.

Aún sigo viendo, aunque mi madre ya hace más de 12 años que marchó al cielo, ese centro de claveles y rosas rojas o un ramillete de nardos, que hacían presente a mi hermano y el aroma de una vida que nunca nos dejó.

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