Antonio Gómez Aguilar y el Cristo de la Providencia


Como todos recordarán, Antonio Gómez Aguilar llegó a la parroquia de la Trinidad por el año 1963; anteriormente ejerció su ministerio en el Campo de la Verdad, dejando una estela de un verdadero celo pastoral y entrega a los más desfavorecidos. De hecho, la gratitud de un barrio está de manifiesto en una lápida en el exterior del templo que mantiene viva la memoria de un santo sacerdote.

Su llegada a la parroquia de la Trinidad supuso un cambio extraordinario en la dinámica que esta comunidad estaba viviendo. Su ardiente predicación conmovió el corazón de los fieles, y de un lugar y otro de la ciudad venían cada domingo a escucharle; en sus palabras muchos se encontraron con Cristo vivo y vieron sus vidas totalmente renovadas. De ahí que, a partir del año 1964, los numerosos fieles siguieran a este sacerdote de Cristo en el nuevo reto que planteaba: poner en marcha el primer colegio. Desde ese momento, hasta su fallecimiento en marzo de 1993, dejó una obra maravillosa: tres colegios de Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional, más la guardería San José; igualmente tres residencias de mayores como la Trinidad, María Magdalena y Cristo de la Salud. Y otras obras más, que hoy continúan con gran esplendor y para las que él abrió las puertas de esta casa para que iniciaran su camino, como los Hermanos de la Cruz Blanca, Hogares de Nazaret…

Como buen sacerdote, a imagen de Cristo Buen Pastor, tenía una capacidad de escucha paciente e inusitada, acogedor hasta extremos de agotar su vida en recibir y abrir sus puertas sin medida, generoso en darlo todo; él tenía en sus labios la misma frase cuando alguien acudía en su ayuda antes ni siquiera de manifestarle lo que necesitaba: “si está en mi mano, dalo por hecho”. Hombre de oración intensa y piadoso en la celebración de la Santa Misa, con esa actitud mística de un corazón enamorado de Cristo que deseaba introducirse en el costado abierto del Dios vivo que se derramaba por amor a nosotros, sacrificado, ascético y penitente, y especialmente devoto de San José al que le encomendaba con fervor las necesidades de todos.

Personalmente, admiro su profunda fe y confianza en la Divina Providencia. Hay una frase sencilla de Antonio que por ser natural y simple no deja de entrever una gran profundidad: “En la casa de Dios cuando no llueve, llovizna”. Expresa, si nos paramos a reflexionar sobre lo que subyace en estas palabras, la hondura de muchas cosas. La primera, que el camino de la fe no se vive solo en la abundancia, sino que, en lo ordinario de cada día, en el quehacer cotidiano, hallamos a Dios y está Dios en las personas, situaciones y circunstancias que nos llegan sobrevenidas y que en ocasiones nos producen dolor, sacrificio y lágrimas. Igualmente, saber que el Señor desde el primer instante de la creación está presente en la vida de los hombres asistiéndolos con su Divina Providencia, y que al mismo tiempo, nos invita a participar de la misma y colaborar en la acción creadora hasta la plenitud de los tiempos.

Don Antonio quiso así poner toda la obra emprendida en la parroquia de la Trinidad bajo el amparo de la Divina Providencia para enseñarnos que “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (Santo Tomás Moro) o como decía San Francisco de Sales: “Yo digo que no hay que pedir nada ni rehusar nada, sino abandonarse en los brazos de la divina Providencia, sin distraerse en otros deseos sino en el de querer lo que Dios quiere para nosotros… Toda la perfección consiste en la práctica de este punto”.

El 14 de noviembre de 1987 se bendecía la imagen del Santísimo Cristo de la Providencia y, desde ese momento, Antonio quiso que los más pequeños fuesen conociendo las bondades de confiar en la Divina Providencia, los mayores saberse cuidados, queridos, consolados y amados con la ternura que emana del Corazón de Cristo, y en todos experimentar la gratuidad, paz y felicidad que implica abandonarse en la Providencia Divina. Y finalmente, animarnos a todos a poner nuestra razón, corazón y voluntad en participar en la obra creadora, siendo imagen de Cristo en medio de los nuestros y en la sociedad entera, aportando con nuestro sencillo quehacer un grano en la construcción del Reino de Dios, aquí y ahora.

Hoy seguimos esforzándonos por mantener vivo el legado que nos dejó, y una de esas acciones es la de potenciar y engrandecer el culto al Santísimo Cristo de la Providencia, a cuyos pies descansa el cuerpo de este bueno y santo sacerdote. Queremos extender la devoción a la Divina Providencia con el culto asiduo ante su altar y con solemnizar el tradicional Vía Crucis que celebramos cada viernes de Dolores. Que cada día sean más los que se acojan confiadamente al Santísimo Cristo de la Providencia, que nunca se equivoca, que nos libra del mal y nos concede aquellos beneficios que puedan ayudarnos para la vida presente y futura.

 

 

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