Rasgar el corazón


“Rasgar el corazón” es una expresión del profeta Joel que el miércoles de ceniza retumba con fuerza en nuestros templos y que debería entrar en lo más profundo de nuestro ser y abrir en canal nuestra alma. Es una expresión que nos invita a huir de las apariencias y acometer un cambio radical en nuestra existencia.

En el tiempo de la Cuaresma escucharemos la llamada a hacer penitencia y ayuno, realizar sacrificios con los que de algún modo correspondamos a tanto amor como Cristo derramó por nosotros, un amor hasta la entrega de la propia vida para que nosotros tuviéramos vida, y una vida en plenitud. Pero si esto se queda en mero formalismo de nada sirve tanta palabra, es como predicar en el desierto.

Hoy, como siempre a lo largo de la historia, porque este tiempo ni es mejor ni peor que otros que hayan acontecido, pero sí es nuestro tiempo y del que nos pedirá el Señor cuentas en el día del juicio, necesitamos que acontezca una catarsis total en la vida personal de cada uno de nosotros que nos permita ser colaboradores activos en la instauración del Reino de Dios, aquí y ahora.

Si realmente, rasgáramos nuestros corazones, nos dejáramos tocar por la ternura de Dios, entraría en nuestra alma su misericordia y sanaría nuestras vidas. Comenzaríamos a vivir desde los valores del Reino alejándonos de todas las maledicencias que son causa de ruina humana: egoísmo, envidia, infamia, critica desencarnada, el poder de sometimiento…

Afirmaba en 2013, hoy el Papa Francisco, “rasguen los corazones para poder amar con el amor con que somos amados, consolar con el consuelo que somos consolados y compartir lo que hemos recibido”. De eso se trata, aprovechar este tiempo para dejar que Dios hiera de amor inconmensurable nuestras vidas y seamos imagen de Él en el mundo que nos ha tocado vivir. Todo cambiaría, el mundo entero se transformaría, la primavera de la Pascua florecería como un anticipo de la eternidad. La alegría, la esperanza y la caridad presidirían nuestras relaciones humanas, comenzaríamos a vivir anticipadamente el banquete de la eternidad.

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