Falta de libertad


Hace unos días, a través de las redes sociales, accedí a un video donde un buen grupo de jóvenes universitarios de la Carlos III denunciaban cómo habían sido marginados y excluidos por su universidad a razón de sus convicciones religiosas. Con tiempo más que suficiente, siguiendo el conducto reglamentario, solicitaron un aula con el objeto de celebrar una eucaristía para lo cual cursaron invitación a su obispo. La universidad les da aprobación, y 24 horas antes de tener lugar dicho acto, mandan cancelarlo porque podría ocasionarse algún tipo de conflicto. Todo, porque otros alumnos amenazaban con boicotear la celebración que habían organizado estos jóvenes cristianos.

Es decir, la universidad salvaguarda al agresor y humilla a la víctima. Lo que debería ser un lugar de encuentro, de confrontación dialéctica, espacio de libertad, tiempo de expresión, desde el respeto, de cualquier ideología o convicción, se presenta como el ámbito donde el totalitarismo más rancio campa por doquier subyugando a cualquier persona o ente discrepante. Es terrible constatar que el territorio que ha de ser la salvaguarda del saber, del conocimiento, de la búsqueda de la verdad, del diálogo abierto, de los valores democráticos, se está convirtiendo en una prisión del libre pensamiento, en el sheol donde muere toda esperanza de generaciones futuras capaces de construir una sociedad mejor que la que dejamos.

Se hace incomprensible que la actitud irracional se instale donde la razón debe brillar en todo su esplendor. Además, nuestra Constitución, en el artículo 16 dice que “se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. Igualmente, la Ley Orgánica 7/1980, de 5 de julio, de libertad religiosa en el artículo 2, apartado c afirma que se debe contemplar el derecho a “recibir e impartir enseñanza e información religiosa de toda índole, ya sea oralmente, por escrito o por cualquier otro procedimiento; elegir para sí, y para los menores no emancipados e incapacitados, bajo su dependencia, dentro y fuera del ámbito escolar, la educación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”; y en el apartado d, del mismo artículo, que toda persona puede “reunirse o manifestarse públicamente con fines religiosos y asociarse para desarrollar comunitariamente sus actividades religiosas de conformidad con el ordenamiento jurídico general y lo establecido en la presente Ley Orgánica”.

Por todo esto me pregunto, ¿es esta la universidad que queremos? Mirando a la comunidad cristiana me planteo, ¿dónde están esos profesores cristianos? ¿Sólo los jóvenes universitarios católicos se sienten libres y fieles al evangelio? ¿Por qué tantos complejos? ¿Por qué ponerse tanto de perfil? Ser apóstol no puede reducirse al ámbito de la sacristía o de la comodidad de mi grupo o comunidad o movimiento. El cristiano laico tiene la apasionante tarea, como estos jóvenes, de salir a las plazas a proclamar el anuncio de la Buena Nueva. Después de lo visto, me quedo con la inmensa alegría de que hay un grano que poco a poco va fermentando la masa.

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