Resistencia al cambio


Decía Arnol Bennet que “cualquier cambio, incluso si es para mejor, siempre viene acompañado de obstáculos y disconformidades”. Palabras que traigo al hilo de lo que parece ser se está consolidando y es la carrera oficial de Semana Santa en el entorno de la Mezquita Catedral. Todo cambio genera incertidumbre, zozobra, preocupación…; hay quien se resiste por un absurdo inmovilismo, o porque no es el protagonista de la acción o porque tiene la debilidad de oponerse por el simplemente hecho de oponerse a todo. Hay quienes pueden sencillamente autosatisfacerse o autocomplacerse en el estricto acto de cambiar y no esforzarse por una mejora continua e integradora.

Cambiar siempre es bueno, implica estar en un permanente proceso de crecimiento y desarrollo. “El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro” afirmaba John Fitzgerald Kennedy. Efectivamente, no perderse un futuro esperanzador exige de unas hondas raíces que en el permanente diálogo y confrontación con el presente y teniendo ante sí el horizonte inmediato van configurando nuestra identidad. Conservar nuestra naturaleza, la historia que heredamos y enriquecemos con nuestro ser y quehacer, no puede cerrarnos a una nueva realidad aunque esta suponga una fractura, dolor interno y renuncia.

Escuchar a un dirigente local, como a uno de los Tenientes de Alcaldes, tratar de ignorante al Consejero de Cultura dice muy poco del primero. Muestra un pensamiento anquilosado, retrógrado, ideologizado e incapaz de salir del ostracismo. Es un detalle más, como afirmaba Goethe, de que todas las épocas decadentes son subjetivas y por el contrario las épocas de progreso son objetivas. Cerrarse a la colaboración, a buscar nuevas vías de bienestar y desarrollo de la ciudad; querer imponer un criterio como único punto de verdad; reducir toda capacidad a mi percepción personal y no abrirse a los otros es un signo evidente de falta de dirección y esperanza.

Córdoba, ciudad bella y hermosa, un oasis de oportunidad. Vive en un permanente lamento, ensimismada en lo que fue en siglos pasados, porque unos callamos y a otros nos imponen una inquebrantable y endémica mirada al pasado como si ésta encerrara el arcano del futuro.

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