Un coloso de la fe

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En estos días me encuentro con un grupo de amigos realizando una peregrinación a pie desde Cabra hasta Fátima. Como todos aquellos que han peregrinado alguna vez, sabrán que son muchas las experiencias y emociones que se comparten día a día, paso a paso. Un peregrinar que es imagen viva del sendero de la historia que cada uno recorremos, en ese corto espacio de tiempo experimentamos con intensidad los avatares y sueños de la existencia misma que tiene su ocaso en la eternidad, ya sea esta para celebrar la vida ya sea para vivir el dolor y el tormento, porque como decía aquel en la película Gladiator: todo lo que hacemos en esta vida tiene un eco en la eternidad, o como diría San Juan De la Cruz: al final de la vida nos examinarán en el amor.

Esta peregrinación a Fátima en compañía de mis amigos Paco, Leoncio, Manuel y Antonio se está convirtiendo en un momento especial de encuentro con Dios y su santísima Madre a través del testimonio de un joven de 89 años, Celestino, que encabeza la expedición. Me decían el otro día en la parroquia que estábamos locos, primero por hacer este camino y en este tiempo, y segundo por permitir que un “joven” de 89 años nos acompañara. ¡Qué ilusos! Celestino es una máquina perfectamente engrasada, en lo físico y espiritual, todos, unos más y otros menos ya tomábamos un par de pastillas todos los días por las circunstancias que fuere y en cambio él, a lo más que llega es a comerse unas almendras porque según me cuenta, son buenas para los músculos. En el camino, el que menos tiene molestias en la musculatura o está sembrado de ampollas…, en cambio, “este joven” toma su vara, coge posición en la cabeza y marca el ritmo al grupo. Un líder inusual, algo extraordinario y sorprendente.

El amigo Celestino, vecino de una aldea de Alcalá la Real, casado con Paquita y padre de tres hijos y abuelo de siete nietos. Este año cumple 60 años unido en matrimonio con su esposa, viviendo un amor que expresa como un joven adolescente, admirado y asombrado cuando con su voz dulce y tenue, cálida y ardiente, habla de las virtudes de su esposa. Un amor que es uno, bello y hermoso, que bebe de la Fuente del amor verdadero: el Corazón de Cristo. Sus ojos se iluminan y brillan cuando sus pupilas tímidamente derraman lo que parece una lágrima que humedece su mirada al hablar con emoción y en un clima de confidencia de sus hijos y nietos, todo con una espontaneidad y naturalidad sólo propia de quien se siente feliz y colmado en una vida que tampoco ha sido fácil, más bien ha conocido el rigor y la dureza del sacrificio y el trabajo constante lejos de las comodidades que hoy nos rodean en el mal llamado mundo del bienestar.

Esta actitud andariega con sentido penitencial, espíritu de encuentro con Dios, la experimentó intensamente hace ya algo así como 40 años, cuando en compañía de un joven de su pueblo se lanzó a la aventura de salir a pie de su aldea para ir hasta Jaén y rezar ante el Santo Rostro en la Catedral y seguidamente ponerse ante las plantas de la Virgen de la Cabeza a la que sigue acudiendo a pie en compañía de su familia dos veces al año, para marchar decididamente hasta Zaragoza y rezarle a la Pilarica. No contento con la hazaña, se decidió a continuar la aventura siguiendo los pasos de aquellos varones que llevaron el cuerpo del Apóstol Santiago hasta Galicia, allí quiso abrazar la raíz de nuestra fe, el testimonio ininterrumpido de aquellos que conocieron en primera persona al Divino Maestro y que permanece vivo hasta nuestros días en la Iglesia.

Pero aquí no quedó todo, tomó el hato y con su peculiar estilo de caminar, bajó a rezar el Santo Rosario ante la imagen de una Virgen que se había aparecido a unos niños, Ntra. Sra de Fátima. Algo más de dos meses y medio les llevó esta peregrinación, llevando solo lo justo para el camino y sin alforjas, viviendo de la Divina Providencia que nunca les falló, siempre tuvieron un techo y comida, jamás aceptaron otra cosa, vivieron plenamente las recomendaciones de Jesús a sus discípulos.

En la actualidad, Celestino, vive en su pueblo pero como dice su hija Ángela, no para en todo el día, siempre tiene tareas en las que ocuparse. Su trabajo ha sido el campo, y ahora, me hizo muchísima gracia, me dice que se dedica a la albañilería por jobi y que está reforzando los cimientos de su casa. Me contaba que la miró a  y se miró él y se dijo, yo no tengo mucho apaño ya y poco puedo mejorar, pero tú -la casa- puedes tener mejor cara.

Es un cristiano que nunca tiene una hora para rezar, que para él cualquier momento es bueno, pero le encanta a la salida y a la puesta del sol, y principalmente el momento del Ángelus. En su aldea tiene pocas oportunidades de celebrar la Eucaristía porque el sacerdote solo va una vez al mes, quizás esto también pueda explicar cómo vive la Santa Misa, con qué devoción y piedad. Me cuenta una anécdota simpática que no deja de ser la estampa, por desgracia en muchas lugares y celebraciones, y es que en su pedanía donde vivirán unas 60 personas, solo unos diez van a rezar el acto de piedad en el mes de mayo “Las flores de Fátima” y que él único hombre es él, lo dice sonriéndose y con ese gesto a la vez de que él no va a fallarle a la Virgen.

Celestino es un coloso de la fe, es un fuerte De Dios que no decae ni tiembla ante la adversidad, siempre con paso firme. Siempre en su boca: la Virgen no nos deja, Ella siempre ayuda. Doy gracias a Dios que un día de esta Cuaresma el amigo Celestino y su hija visitaran el santuario de la Virgen de la Sierra y tuvieran noticias de Leoncio, Manolo y Antonio, en la cueva de la aparición de la Virgen, de nuestra peregrinación y quisiera volver a Fátima a pie, después de 40 años, y con nosotros. Como dice él mismo, esto es del Espíritu Santo, créetelo, cuando hoy nadie habla de las obras del Espíritu, y prefieren llamarle otra cosa como suerte o casualidad.

Pues sí, esto es obra del Espíritu Santo, porque el testimonio y ejemplo de vida del amigo Celestino está siendo una experiencia sobrecogedora y que anima a replantear, revisar y proponer otro modelo de vida más saludable, más De Dios, más del Espíritu. La Virgen de Fátima pone ante nosotros un coloso de la fe.

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