El Alcázar


Sometido al orden espartano al que nos obliga el nuevo redactor jefe de este diario, me veo en la necesidad de escribir estas líneas antes de la celebración de la final de la copa de Europa de este sábado, ayer para ustedes, y que, sea cual fuere el resultado, habría utilizado en detrimento de alemanes o franceses, recordando la marsellesa que con tanto orgullo cantan y recitan nuestros vecinos allende los Pirineos, o ese himno alemán que te hace poner firme sin saber muy bien por qué, mirando a diestra y siniestra por si alguna oca osa pasar por las cercanías.

Es lo que tiene esto de las colaboraciones, que alguien siempre ha de poner orden, y al final te hace perder frescura temporal, so pena de dejar a la imaginación ese margen que el ingenio exige.

Pero es que la hora tope no puede ser más ingrata, pues escribo estas líneas a las seis de la tarde, teniendo que haber dejado de ver “Pretty woman”, justo cuando ella se cabrea por haberle contado el protagonista a su abogado que se trataba de una puta.

Claro, que no habiendo mal que por bien no venga, me he acordado del episodio de Alcázar de San Juan, tan propio de un guión de Berlanga como la anormalidad que nos sigue acompañando y que me temo no deje ya de abandonarnos.

Como paréntesis, contaré el chiste que acaba de enviarme mi amigo de Los Barrios, Antonio Benítez, en el que un padre le cuenta a su hijo que antaño había bares en los que te dejaban fumar, a lo que el hijo responde: “¿Papá, que son bares?”, para a continuación, volver a dirigirse a su padre : “¿Papá, estás llorando?”.

Desde luego, si por estos políticos fuese, empezando por la gran esperanza blanca del gallego Feijóo, les aseguro que los cerraban. Los bares, los estancos, y hasta los quioscos de pipas, vaya que vendieran alcohol o cigarrillos de estraperlo.

Yo me estoy cansando. Ya me estoy cansando. Y empiezo a estar hasta ahí de prohibiciones y consejos, de limitaciones y control, sea del tipo que sea, mientras ellos hacen el agosto de su ego con las paridas que se les ocurren cada dos por tres, mientras nuestros hijos universitarios no saben qué va a ser de ellos el curso que viene, o los padres desconocemos cómo va a comenzar el colegio de los menores, o qué protocolos se seguirán ante cualquier incidencia.

Eso sí, prohibir…lo más grande, que ahí es donde se ve la talla del político de turno en el poder.

Como somos todos medio imbéciles, pues eso es lo que tenemos, y encima agradecidos a su esfuerzo y cuidados.

 Por prohibir, ahora resulta que van a prohibir hasta los puticlubes. Algo que yo pensaba estaba ya en desuso, por lo denigrante y miserable que es para la mujer, aún tratada como objeto en pleno siglo XXI.

Pero se ve que no, que lo de la jodienda sigue sin enmienda, y que por algo es la profesión más antigua del mundo.

 Ahora bien, con esto de la pandemia, no me digan ustedes que no deja de ser cómico lo acaecido en Alcázar de San Juan, donde tras dar positivo nueve trabajadoras del local más afamado en cuestiones amatorias de la población manchega, no hay manera de hacer el rastreo entre la población. ¡Apagáramos!, no de pagar, que eso es sagrado en la profesión, sino de dejar a oscuras a los rastreadores, ante la negativa de las trabajadoras a dar información confidencial sobre su clientela, amparadas sin duda por el secreto profesional que todo arrendamiento de servicios conlleva, y la de los afectados a reconocer siquiera la existencia del garito, so pena de engrosar la lista de clientes de los abogados matrimonialistas de Ciudad Real.

 Lo anterior implica el riesgo de contagio de la parienta, y a su vez de la suegra, las cuñadas y demás familia política con la que la esposa suele relacionarse en tertulias interminables, sin guardar la distancia preceptiva de seguridad, y por supuesto sin mascarilla, que por cierto, obliga a subir los decibelios de la voz de una manera obscena si queremos que nos entiendan.

 Pero en fin, confío en que los afectados casados serán lo suficientemente prudentes para evitar contacto más allá del imprescindible y con la asepsia adecuada, pues de otro modo el rastreo no lo van a hacer los profesionales, que todavía supongo que serán prudentes, sino la parienta, con las consecuencias que de su pericia todos podemos imaginarnos.

 Y termino, que a la limitación de la hora para la entrega de este semanario de la anormalidad, se une la de su extensión, si bien, dado que son menos cinco y tengo que corregir y pasar a word (lo que he aprendido, querida Pilar Fonseca), apelo a la comprensión del redactor por si me hubiera excedido, no sin advertirle con todo cariño que a mí, esto de las limitaciones… me incita gamberra y humorísticamente a saltármelas.

 PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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