Eslabones.


Pedro Sánchez, en Córdoba. /Foto: JC

De vuelta nuestros parroquianos peregrinos, se presentaba la semana cargada de datos víricos, como eslabones de una cadena de acontecimientos fatídicos, que no presagian nada bueno para nuestra sociedad.

Porque los hechos trascienden más allá de nuestra comunidad, nuestra provincia o nuestro país, en una especie de nuevo orden mundial que requiere, como todo lo advenedizo en el poder, un sacrificio más allá de lo razonable que convierta el nuevo status en liberador de un pasado manchado de sombras, a cuantas más mejor para el interés de los nuevos magnates. 

Parece no haber políticos a la antigua usanza, esos que veías por la calle y a quienes saludabas, encontrando siempre una sonrisa de lejos, o al menos la sensación de que eras escuchado en tu plática. Tal vez aquello era ficticio, pero daba la apariencia de una cercanía que nos hacía sentir si no importantes, al menos parte del engranaje de una sociedad que se movía al unísono en cuanto a sus aspiraciones y deseos.

Aquel Helmunt Kohl que disfrutaba, cerveza en mano con sus compatriotas, de la Alemania reunificada, el Willy Brandt sueco, ejemplo y modelo del socialismo europeo que renunció al marxismo y tan altas cotas de bienestar consiguió; los baños de masas de Felipe González y Alfonso Guerra, la cercanía de Adolfo Suárez , brazo ejecutor del rey Juan Carlos en el harakiri al régimen franquista. Un Jacques Chirac que llegó a llevarse al cocinero de El Churrasco a los Campos Elíseos para enseñar a los chefs del presidente francés cómo se hacía un buen salmorejo; el presidente italiano Sandro Pertini, del que aún recordamos los saltos en el palco en aquella final del mundial de España que ganó nuestra querida Italia. Hasta Gorbachov tenía un semblante distinto al resto de los mandamases soviéticos de por entonces, y no digamos ya las borracheras de su sucesor, Boris Yeltsin, adicto a los destilados y a todo aquel líquido elemento que tuviera más de 13 grados de alcohol en su composición.

Y podríamos seguir con Margaret Thatcher, que asumió ante su propio Parlamento la caza de los Ira en Gibraltar, o Ronald Reagan, actor de Hollywood que acabó siendo uno de los mejores presidentes de Estados Unidos, y sin necesidad de guerras al uso. 

Pero todo esto es pasado, que aún siendo próximo en el tiempo, ha quedado relegado a una metáfora del neocapitalismo al que se le acusaba sin pudor alguno en aquella época, hoy ya sentenciado al ostracismo.

Y cuánta razón en el verso de que todo tiempo pasado fue mejor.

En lo patrio, no hace falta remontarse a los tercios de Flandes, que jamás conocieron la rendición, ni tan siquiera a aquellos que, machete en mano, cruzaron las selvas de Hispanoamérica apartando arbustos, al margen de todo lo bueno que llevaron. Basta con mirar a nuestros padres y abuelos, ejemplo de concordia, de respeto y de vergüenza, dialogantes y austeros, divertidos y geniales, con esa sorna que sólo da la inteligencia, y la razón que atesora el sentido común. 

Pero también ellos y su época han sido relegados a la prehistoria, y en el caso del rey, al exilio forzado.

Poco a poco el virus de la intolerancia y la revisión histórica de los perdedores, hijos de los verdugos, títeres de fuerzas mayores innombrables, ha calado en una sociedad amorfa de encefalograma plano, esclavos de un sistema que los aliena, que los convierte en prisioneros de la intransigencia y el odio, alejándolos de los valores que, como personas, debieran presidir su existencia y la de los suyos.

Relegar a Dios como quien se avergüenza de su familia, posponer derechos y libertades al albur de la realidad que interesa en cada momento, y acongojar al ciudadano con crisis y pandemias a modo de tsunamis, es el caldo de cultivo perfecto para este nuevo orden mundial en el que políticos de tres al cuarto gobiernan sobre nuestras vidas y hacienda, mientras los auténticos artífices del mismo, prendados del éxito de su labor de incultura generalizada, llenan sus bolsillos a costa de las almas que se van perdiendo en esta niebla insondable que se cierne sobre todos.

Esto, estimado Rafael González, esto sí que es un puterío, y no lo del Sojo, que aunque también, tiene un alcance tan local como los meacolonias que lo frecuentan.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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