Los peregrinos.


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Camino de Santiago./Foto: Rafael Parejo
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Camino de Santiago./Foto: Rafael Parejo

Mira que esta semana se presentaba apetitosa para este semanario, presto como estaba a relatar los ecos de sociedad de la Corte, desde el cambio de la coleta al moño, que por mucho que se vista de seda, pues eso…, así se queda, hasta la vergonzosa salida de nuestro monarca emérito, que por mucho emérito que sea, monarca se queda, pese a quien pese. 

Y se queda como monarca porque, fueran los traspiés que fuesen, el legado de sus cuarenta años al frente de nuestro sistema parlamentario son el más claro ejemplo de la capacidad del reino de España para afrontar cualquier golpe por duro que sea, capaz de llegar a la democracia como quien se levanta una mañana decidido a darle un giro a su vida, integrando a nuestro país en Europa con todas las de la ley, y además con una sonrisa, favoreciendo los intereses económicos del empresariado español en el extranjero, aguantando el tipo en los momentos difíciles frente a los golpistas y los terroristas, desecho ambos de la misma tienta, que hoy se frotan las manos ante el vergonzoso espectáculo de un gobierno cuyo presidente veranea a cuerpo de rey (y nunca mejor dicho), repitiendo la famosa frase del Iznogud que quería incesantemente ser el califa en lugar del califa, en la mansión que el propio D. Juan Carlos cedió gratuitamente a Patrimonio del Estado, tras haberla recibido en donación de Huséin de Jordania. Paradojas de la vida, que nuestro actual monarca, me temo, llevará como carga pesada el resto de su reinado.

Pero todo lo anterior, hasta el moño, que hasta ahí estamos más de uno del personaje, empezó a quedar en segundo plano de esta perspectiva de crónica semanal, cuando hace unos días comienzo a recibir, junto con los demás parroquianos de la Trinidad, una serie de crónicas diarias de nuestro párroco, quien en compañía de otros cuatro feligreses, tan queridos como hermanos, se encuentran haciendo el camino de Santiago, a cuyo inicio llegarán hoy domingo.

Y digo inicio, que no fin, porque quien haya hecho el camino sabe con plena consciencia que la vista de Santiago al horizonte te hace sentir de una manera distinta, desconocida hasta entonces, perplejidad serena que se transforma en un gozo inenarrable cuando pisas la plaza del Obradoiro y contemplas la catedral que fue guía y faro de Occidente, destino de una Europa que durante siglos buscó en las raíces cristianas los cimientos sobre los que construir espacios comunes, caminos por los que transitar unidos, con el apoyo fraternal que solo es reconocible desde la soledad de la peregrinación.

Las palabras diarias de nuestro párroco, de una profundidad tan extrema como la sencillez con la que se expresa, han hecho que día a día hayamos vivido con él y nuestros parroquianos peregrinos la experiencia del camino. De su camino, sin duda, pero que a todos los que hemos tenido la suerte de poder hacerlo, de uno u otro modo, nos ha transportado a la inquietud del amanecer entre la niebla, al desasosiego del esfuerzo, a la oración profunda, al silencio, el compañerismo, la contemplación, y la alegría en la consecución del reto.

Pero sobre todo, hoy quiero expresar a nuestros peregrinos mi gratitud y la de nuestra parroquia, pues no ha habido día en el que no hayan dedicado sus pasos a nosotros, a nuestras familias, a nuestros padres y abuelos, a nuestros hijos, a nuestra comunidad. Por algo curó Jesús al paralítico por la fe que “tenían” los que lo llevaron ante él.

Si el camino es, más que difícil, complejo, porque en su transcurso vas descubriendo poco a poco

tus flaquezas, cuanto más si a tu cruz cargas la de los demás. Por eso sólo puedo trasladaros el más absoluto respeto a vuestro andar, mis oraciones para cada uno de vuestros pasos, y mi alegría por saber de vosotros cada jornada, consciente de que hoy domingo, feliz día del Señor, vuestro caminar encontrará el gozo de la luz del Apóstol, y que por la tarde, si el tan merecido albariño os lo permite, nos haréis partícipes de vuestra alegría.

¡Buen camino!

PDA: Protégelos bajo tus alas, San Rafael.

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