Prudencia, por favor.


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Reunión sobre el ocio nocturno en San Telmo. /Foto: LVC

Comienzo este fin de semana en ese estado de semi-Rodríguez con el que mi esposa ha tenido a bien obsequiarme de vez en cuando este verano, a medio camino del mal niñero que siempre fui y el magnífico Rodríguez que pudiera haber sido.

Pero en honor a la verdad, cada vez me llevo mejor con mi hijo mayor, con quien comparto gustos musicales, culinarios y algún que otro vicio sano, al margen de sus amigos, que a la postre no sé ya si se quedan a dormir, porque están en casa todo el santo día.

Y hoy domingo regresa de su periplo playero el mediano, a quien no sé bien si poner en cuarentena por si las moscas, o darle un gran abrazo, que llevo dos semanas sin verlo.

Sin duda que optaré por esto último, pero no quiero dejar pasar esta oportunidad para reflexionar un poco sobre el comportamiento social al que debemos todos ceñirnos si no queremos que se adelante un nuevo confinamiento y con más de cuarenta grados a la sombra.

Siempre he sido un defensor de la libertad, a veces incluso con tintes radicales. Pero es que entiendo que es el único camino. No concibo una existencia dirigida, y mucho menos teledirigida en el sentido televisivo de la expresión.

No hay telediario al uso que no comience con las cifras de la pandemia, los rebrotes, los focos, los infectados, hospitalizados o fallecidos. He optado por no ver los informativos, porque al final vamos a pillar todos del virus por las frecuencias y las ondas.

Si del miedo, cuando no pánico, estamos ya todos contagiados para solaz del neocomunismo, del virus vamos a acabar estándolo por solidaridad con los locutores de radio y televisión, que cuando esto se termine algún día, a ver sobre qué van a hablar y montar tertulias.

Sin duda que hay que tomar medidas, tampoco confundan mi opinión. Pero a estas alturas sabemos positivamente que los focos principales de contagio no son precisamente las reuniones de chicos y chicas, jóvenes y jóvenas (término por cierto que ya acuñara Carmen Romero, esposa que fuera de Felipe González Márquez, el de Bellavista), sino las fiestas organizadas por sus padres, o los peroles familiares en los que se reúnen desde los nietos hasta los abuelos, y en los que, por eso de ser todos familia, nos quitamos las mascarillas (por otra parte lógico si no queremos morir de asfixia), o no guardamos una mínima distancia de seguridad, si no acabamos, con los efluvios del fino, dándonos todos más abrazos que antes de la pandemia.

No podemos eludir nuestra parte de responsabilidad culpando a nuestros hijos de entre dieciocho a treinta. En primer lugar porque no es cierto, y a veces (a veces) son más prudentes que nosotros. Pero sobre todo porque, construyendo un discurso fácil, acudimos a continuación a establecer límites, cortapisas y prohibiciones.

Y yo, qué quieren que les diga, pero toda prohibición me ha olido siempre a incompetencia o a intervencionismo. Y no creo sinceramente que se consiga algo positivo, sino al contrario, una oposición manifiesta de los zagales que acabará en nada bueno.

Ocho alcaldes reunidos, me da igual el color, y la plana mayor de la Junta de Andalucía, y lo que se les ocurre, la mejor bombilla que se enciende entre los gobernantes, es limitar primero para luego prohibir (si no al tiempo), el ocio nocturno. Como si salir por la noche implicara una promiscuidad vírica propia de las películas de vampiros.

Nuestra juventud, por muy alegre que sea, que para eso es juventud, es más divertida que triste, y más responsable que loca. Y son conscientes de la realidad que vivimos, pues son los más afectados por ella.

Tal vez lo que ocurra es que se cree el ladrón que todos son de su condición, y desde esa perspectiva, imaginando lo que no es, encontramos con excesiva frivolidad culpables más allá de nosotros mismos.

La labor que se nos presenta es un esfuerzo de comunidad, empezando por la familia. Y es de información y educación. Pero de información veraz y de educación seria, pues si convertimos la pandemia en una especie de reality show televisivo al uso, desplazamos la formación al último escalón de esta escalera contra el virus.

La libertad se concibe y debe enseñarse desde el respeto al otro. Y hay que pelear por mantenerla, sea como sea y en las circunstancias más adversas que pudieran presentarse. Por eso las prohibiciones no son el camino más adecuado a seguir. Sin duda que pueden ser una solución a corto plazo, pero mucho me temo que tras ellas late ese espíritu contradictorio del que se da golpes en el pecho para disimular su falta, no ya de honradez, pero sí de competencia para gobernar a sus ciudadanos, que no a sus súbditos.

Estoy convencido que en toda familia en la que haya habido un caso de esta enfermedad, sus miembros están más que concienciados del peligro de la misma y de las medidas a tomar. Y no necesitan de ningún Simón al uso que les diga cómo comportarse, ni de ningún ministro que amenace con medidas más drásticas.

Ellos, los afectados directa o indirectamente, son el espejo real en el que mirar de frente a la enfermedad para tomar conciencia de ella, y a la vez son el auténtico ejemplo a seguir, pues no hay mayor ciencia que la experiencia, máxime cuando la ciencia es incapaz de poner freno al miedo.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

 

 

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