El aplauso.

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No les niego a ustedes que como guitarrista de Vittula a un servidor le gustan los aplausos que el público regala cuando reconoce una buena actuación.

Pero el martes pasado fui protagonista de un acontecimiento cercano a los misterios de Iker Jiménez, pues tras tenerme que quedar por la tarde a trabajar allá por la Subbética, y después de 14 horas de laboriosa entrega en el curro, llegué a casa y cual fue mi sorpresa al ver que mis hijos y mi señora me hacían el pasillo entre aplausos, que continuaron hasta que me quité la mascarilla, proseguidos de alguna que otra palmada en la espalda.

Sin ser mi cumpleaños ni haber recibido algún premio me extrañé sobremanera, hasta que vi la llegada de nuestro loado Presidente del Gobierno a Moncloa tras las reuniones de Bruselas, lo que hizo que comprendiera el sarcasmo evidente del recibimiento con que fui agasajado.

Y pensé con toda lógica que si los míos, que son de mi sangre, tenían chufla para rato, los ministros de este gobierno de la anormalidad, que no gozan de relación alguna de parentesco, más allá del agradecimiento al líder, o eran unos cachondos mentales o unos simplones de cuidado, abducidos por la imagen bella, apolínea y cautivadora de Sánchez, que provoca una especie de arrebatamiento del alma en su presencia.

Cuando al día siguiente volví a presenciar el vergonzoso espectáculo en el Congreso, con todos los suyos y los de Podemos en pie para recibir al personaje, les aseguro que no sabía dónde esconderme. ¡Qué espectáculo tan infantil, tan burdo y tan representativo de la España de la anormalidad a la que nos arrastran!

Y créanme que esto no acaba aquí. Pues desde las filas de Unidas Podemos ya se está preparando una nueva campaña de imagen del Vice, complemento esencial de esa dualidad programática en el liderazgo, trasunto de la filosofía de Nietzsche sobre Apolo y Dioniso, donde el primero representaba lo elevado de la belleza, y el segundo, como dios del vino, lo terrenal, lo mundano, la sensualidad desatada.

(Les aseguro que lo de la sensualidad desatada no es invento mío, que lo he leído por ahí y me ha parecido que venía como anillo al dedo, dados los acontecimientos de estas semanas).

Pero más allá de los líos de ambos, lo triste, lo verdaderamente preocupante es que veamos esas imágenes y nadie salte la reja de la imbecilidad. Pues no se trata de una anécdota, no es una reacción natural ni un acto espontáneo de afecto o reconocimiento. Es una operación más de márqueting, un nuevo velo propagandístico sabiamente programado y ejecutado para crear una apariencia tan irreal como ficticia, tan anormal como la realidad que vivimos.

Yo no sé qué va a ser de Europa cuando Ángela Merkel se retire, porque lo que queda es para llorar, entre los italianos a la gresca, un Macron que creo se gasta más de setenta mil euros anuales en productos de estética, un Birus Johnson cada vez más a lo suyo, y un Sánchez infectado de un narcisismo de vergüenza ajena, quien por mantenerse en el poder sería capaz de cualquier cosa, como ya ha demostrado.

Ni el Nodo de Franco loaba tanto al líder.

Eso sí, los chinos, mientras tanto, avanzan calladitos y con la marcialidad propia de las hormigas en la conquista de Occidente, sabiamente asistidos de las labores de desestabilización social que desde los países islámicos, con cuentagotas, pero de forma incesante, conseguirán inundar una sociedad occidental caduca y vacua de los valores cristianos que hicieron de Europa el hogar de la libertad, la democracia y el progreso económico y social.

¿Volveremos a las cuevas? La experimentación social del confinamiento ha dado un resultado más que satisfactorio en tal sentido. Ha demostrado que el miedo viaja más rápido que el virus, a excepción de la moto de Bolsonaro, y que con todos recluidos resulta fácil imponer su voluntad a golpe de Decreto.

Ni pensar quiero en qué será lo siguiente, pero desde luego, Sr. Alfonso Guerra, a España no la va a conocer ni la madre que la parió.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

 

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