Rodríguez.

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Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Cuando este semanario llegue a sus manos, mi querida esposa estará ya retornando de su pueblo, a donde salió corriendo hace ya algunas semanas, tan pronto como se abrió la esclusa de este confinamiento, por eso de ver a su familia y cuidar de su padre, quien por cierto acaba de cumplir 90 años que ya quisiéramos para nosotros más de uno.

Habitualmente estas eran las fechas en que un servidor se quedaba de Rodríguez en casa. Tiempo, como ustedes podrán imaginar, de soledad y reflexión, necesarias ambas para afrontar el resto del año en el convencimiento de que la familia, la propia, es lo mejor que me ha podido pasar.

Este año sin embargo, esa pesada soledad del Rodríguez no ha sido tal, pues mis dos hijos mayores han decidido quedarse en casa para solaz de su padre, quien a pique ha estado de ser él mismo quien abandonara el hogar, huyendo de la ropa tirada por el suelo, los vasos amontonados en el fregadero y unos cuartos de baño que parecían más que de posguerra, de plena batalla de las Ardenas.

Ni que decir tiene que esta mañana, por eso de seguir con lo de la guerra, ha sonado la corneta del orden, tampoco muy temprano, que para eso era sábado, pero sí con la marcialidad suficiente para que todos nos pusiéramos las pilas, conscientes del estado de revista que nos espera el domingo, hoy para ustedes.

Si la próxima semana no me ven aparecer por estas páginas, ni que decir tiene que habré sido arrestado, previo consejo de guerra sin derecho alguno a defensa, más propio del proceso inquisitorial que de un jurado al uso.

Porque digo yo, tampoco es tan importante que se haya roto la sombrilla, se me hayan secado unas cuantas macetas, el rododendro incluido y la dama de noche, esta última más bien aguada que seca, pero con el mismo fatídico resultado.

Lo de la puerta del cuarto de baño era previsible, pues llevaba fallando la cerradura unos meses, hasta que finalmente, por ese azar que siempre juega en contra del débil, hube que tirarla abajo al quedarme encerrado. No obstante diré en mi defensa que he sido capaz de dejarla disimuladamente puesta como si nada, a la espera de encontrar una excusa que pase necesariamente por culpar a otro.

Lo de la cocina tampoco es tan serio, unos cuantos vasos rotos de las fiestas de mis hijos, por supuesto,  y el cristal de la mesa, que cuando venga el cristalero al que avisé hace ya una semana, me va a escuchar. Me ha dado tiempo no obstante a reparar el fregadero, que se atoró con los restos de no sé bien que comida, pero que al menos, a fecha de hoy, traga perfectamente.

La librería caída es el único desastre derivado del fin de semana en que Vittula grabó su primer video, que saldrá a la luz a finales de julio, que promete ser magnífico, y al que invito a todos ustedes a buscar en youtube, vimeo y plataformas digitales. “El vestido”, el primer tema de nuestro disco, va a convertirse en un número uno. Ya verán.

Y a salvo lo anterior, más el tendedero, del que por cierto ya estaba harto, y un ruido raro que hace la lavadora, las consecuencias de estas semanas no han ido a más.

Supongo que mañana, tras el estado de revista, saldrá alguna otra cosilla sin importancia. Pero es lo que tiene estar de Rodríguez con dos hijos, que eso ni es Rodríguez ni es nada. Bueno, nada no, se llama niñero, que ahora entiendo yo lo de la segunda adolescencia.

Tengo que reconocer, no obstante, que me llevo fantásticamente con ellos, y que pese a no haber salido a cenar juntos por ahí, u otro encaje social al uso, he logrado solidarizarme con ellos, llegando al convencimiento de que hacerse la cama es francamente innecesario cuando vas a volver a acostarte la noche siguiente.

Eso sí, le he preparado a mi esposa unos calamaritos en salsa, que le encantan, y unas habichuelas con setas y almejas para chuparse los dedos.

Ah!, y hemos dejado la casa impoluta, conscientes de las ganas que tenemos todos de que vuelva al hogar…. y lo reconozca.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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