La desigualdad educativa


Quienes aplauden estas medidas se han cargado la igualdad de oportunidades y no lo quieren reconocer

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Interior de un aula de un colegio público cordobés./Foto: LVC

Me doy prisa en escribir este artículo porque cuando tenga por lectores a las víctimas del nuevo Real Decreto que regula las enseñanzas mínimas en la ESO sé que no van a pasar de los primeros 140 caracteres, que, por cierto, ya se han sobrepasado. Si les quiero contar algo tendré que grabar un vídeo -breve, eso sí- porque leer, lo que se dice leer, es para ellos algo más mortificante que coger una hazada y poner un campo del revés en un caluroso día de verano.

Este Real Decreto, que no es más que una consecuencia acorde con todo lo que destila la Lomloe, es un ataque en toda regla a esa enseñanza “pública, laica y de calidad” que figuraba en las pancartas que oreaban cada dos por tres cuando gobernaba el PP. Ahora, han logrado que los centros privados sean los que se froten las manos, porque a ellos no les va a faltar el negocio. Los niños de los ricos, como dicen ellos, seguirán formándose donde siempre, y los hijos de los pobres quedarán en la cuneta, sin formación, pero con unas calificaciones excelentes porque serán empáticos, sostenibles, transversales y, sobre todo, tendrán una excelente educación emocional.

A quien no les arriendo las ganancias es a los profesores universitarios, que ya llevan un tiempo sufriendo a unos alumnos que les llegan plagados de las carencias más elementales gracias a los últimos planes educativos. Seguro que estará al caer en unos años una reforma universitaria para que los temarios no lesionen lo más mínimo los sentimientos de los alumnos. Esos profesores, tirarán la toalla y se convertirán en una especie a extinguir hasta que sean reemplazados por otros que decidirán el qué y cómo de los temarios en asambleas convenientemente amañadas.

Estas generaciones querrán trabajar en un futuro pero, ¿quién le encargará un proyecto a un arquitecto que se pasó la carrera sin saber dibujar y con aversión a las matemáticas, pero que fue un experto en el dominio de los talleres psicoemocionales? ¿Quién va a pedirle cita a un médico al que los profesores pasaban automáticamente de curso para evitarse dolores de cabeza?

Quienes aplauden estas medidas se han cargado la igualdad de oportunidades y no lo quieren reconocer. El esfuerzo no entiende de las cuentas corrientes de los papás y siempre premia al mejor, que es lo que interesa y lo que ha dado hasta ahora los mejores resultados. La devaluación vertiginosa de la enseñanza pública -“laica y de calidad”, no lo olviden- es inversamente proporcional al auge que tendrán centros privados para las élites de donde saldrán, por ejemplo, los médicos, ingenieros, arquitectos, informáticos y economistas del futuro. La desigualdad educativa está servida.