La contumacia de Garzón


Que si quieren puntas de solomillo para los chiquillos o panceta para el perol del domingo que vayan a las muy pijas tiendas eco-gourmet

Garzón
Alberto Garzón. /Foto: LVC

Si me dijeran que Félix Bolaños, Margarita Robles, Luis Planas, José Luis Escrivá o Nadia Calviño habían aprovechado la entrevista en un potente diario extranjero para despotricar de España, no me lo creería. Lamento no poner al resto de ministros porque o no los conozco, o no sé lo que hacen o son dudosos de defender los intereses de su país.

Si eso ocurriera con Bolaños, Robles, Planas Escrivá o Calviño, que lo dudo, bien se podría utilizar el catálogo de excusas que usó el ministro de Consumo, Alberto Garzón, y los suyos para que la tormenta que había provocado no fuera a más: que si el periodista, que si la traducción, que si había que resumir. Lloriqueos, vamos.

A Garzón ya lo conocemos y no es la primera vez que la lía. Es como el coche de juguete que se queda atrapado en un rincón y va de topetazo en topetazo. El pobre no sólo tiene que aguantar el chaparrón cada vez que le puede su ideología sectaria al vincular las barbacoas con la masculinidad, sino que encima tiene que soportar la fría orfandad en que le deja el PSOE, sin un respaldo contundente, además de las coñas marineras que a su costa se tiran por lo bajini sus socios de Unidas Podemos, que en estas cuestiones no hay quien les gane a maldad.

Garzón, en vez de dar gracias y esforzarse un poquito más por disfrutar de un chollo de 72.443 euros al año que pagamos todos, desde el tendero de Miralbaida hasta el del bar del Polígono Guadalquivir, por tener un ministerio del que se carece en toda Europa, salvo Luxemburgo, se dedica a tocarle las gónadas a más de media España.

No es la primera vez, decía, que este Michael Moore venido a menos suelta su filípica sobre la carne, un producto que horroriza a lo más ‘cool’ de IU y afines. También la lió parda con el aceite de oliva y el jamón ¿recuerdan? Parece que sólo se puede comer bien en su boda.

El resto -o sea, nosotros-, comemos, según él, carne regulada por unas leyes más propias de Etiopía que de Europa y controlada por un cuerpo de veterinarios que desde la visión adolescente de la realidad que tiene el ministro hacen la vista gorda ante la calidad del producto que España exporta.

El origen de toda esta polémica está en el consumo de carne en general, no lo olvidemos, y ahora quieren desviar el foco del debate hacia las macrogranjas. ¿Por qué no las prohibe de una vez? Él es el ministro de Consumo y podría trabajar un poquito, aunque sea por una vez, para regular su funcionamiento, el trato de los animales y la depuración de los purines si es verdad que está todo esto tan mal como dice.

La prohibición de las macrogranjas le acarrearía a IU un problema de primera magnitud. A ver quién es el guapo de este partido que tiene narices luego de pedir el voto en el barrio del Naranjo o en Santa Crucita y explicarle a sus vecinos que se acabó la carne que han comido hasta ahora. Que si quieren puntas de solomillo para los chiquillos o panceta para el perol del domingo que vayan a las muy pijas tiendas eco-gourmet a pagarlo a precio de oro, algo sólo accesible a quienes, como Garzón, ganan 72.443 euros al año.