El maltrato de los bancos


Las sonrisas y el buen rollito sólo los encuentras en las fotos de los carteles que te venden los más rebuscados productos financieros

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Manos. /Foto: LVC

La sensación no es nada agradable. Que uno vaya a su banco de toda la vida y en la puerta te salga un vigilante que te dé el alto es algo que no despierta muchas simpatías que digamos. Es lógico que la primera reacción sea de rechazo cuando no de algo peor.

Cuando no se visita el banco con frecuencia es lógico que cada vez se vayan descubriendo cambios. De las siete ventanillas animadas y eficaces de hace unos años se pasó sin darse cuenta a sólo cinco activas. Ahora, con suerte, son dos las que atienden al personal. Hay que ser muy incauto para pensar que las mesas que están vacían corresponden a trabajadores con vacaciones o de baja. “Ganamos espacio para ti”, dicen publicitariamente con falsa cercanía cuando esas mesas desaparecen camino de una nave en Amargacena o del polígono Calonge en Sevilla.

Las oficinas bancarias son a día de hoy una mezcla entre los páramos del ‘western’ y la novela ‘Diez negritos’, si se mira a la cara de los trabajadores que quedan. Nadie quiere ser el próximo en caer. Las sonrisas y el buen rollito sólo los encuentras en las fotos de los carteles que te venden los más rebuscados productos financieros.

Lo de poner un vigilante en la puerta tardé en comprenderlo. Como no soy asiduo de los bancos no sabía que estos habían dado una patada en donde más duele a la generación concreta que les ha llevado a donde están. Nuestros mayores, que son quienes han demostrado y demuestran una fidelidad total a la banca de toda la vida porque tienen todas las razones del mundo para que no les inspire confianza la modalidad ‘online’, son quienes están sufriendo este maltrato.

Sí, porque poner un letrero que limita la atención en caja a un par de horas -y no todos los días- o que para pagar los recibos hay que acudir un día concreto de la semana es maltrato. Y más aún si quien les recibe en el banco es un vigilante jurado que está hasta las narices de explicar que no se puede entrar, que las sillas para esperar están ocupadas, que si la pandemia, que si sólo cumplo órdenes, que si la caja cierra a las 11:00 y no les van a atender, que si vuelva otro día a ver si hay suerte porque hoy no puede usted hacer esa gestión.

Lo más asombroso de todo era el comportamiento de quienes esperaban fuera, a la intemperie, que les llegara el momento de entrar para seguir guardando cola en el interior del banco. Ni un mal gesto, ni una mala palabra. Sobre gruesos abrigos y bufandas, sobresalían de las mascarillas, unas miradas pacientes, resignadas, acostumbradas a ser actualmente el colectivo más marginado simplemente por ejercer su legítimo derecho a no dar el salto a una digitalización cada vez más imperativa y excluyente. Esto sí son los que se quedan atrás y nadie mueve un dedo por ellos.

En atención al beneficio de la duda, hice un recorrido al llegar a casa por las web de unas cuantas entidades bancarias de las que maltratan a nuestros mayores con la obligación de guardar cola en plena calle o de ir a unas horas determinadas, sin que la pandemia sea la excusa. Pues en internet no encontré respuesta a mi duda. De las páginas web que visité en ninguna de ellas descubrí soluciones para que los mayores tuvieran una relación más cómoda y fluida -humana, en definitiva- con su entidad bancaria. Lo único que se puede hallar en internet es una colección de productos financieros para hacerse con los ahorros de los ancianos. Nada más. Ni disculpas por el maltrato.