Sin sorpresas


Tras el cerrojazo al Fin de Año vino el de otras ciudades, con toda naturalidad, sin ruido, como si se estuviera esperando que se hiciera pública la decisión

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La reacción de los cordobeses a la celebración de la fiesta de Fin de Año en las Tendillas es toda una muestra del estado de ánimo que corre entre todos en esta enésima ola del coronavirus. La del ómicron la llaman. En cualquier otro momento, privar de las campanadas a golpe de guitarra, del matasuegras, del espumillón por los hombros, del gorrito de cartón y del cava peleón -a esas horas qué importa- bebido en copas de plástico, hubiera desembocado en una grave crisis social. Que si esto, que si lo otro, que si no tienen en cuenta a la gente, que qué pasa con el derecho a divertirse, que si lo de más allá, hubiera sido lo lógico cuando llega una prohibición y más por parte de la derecha.

Porque la derecha prohíbe para reprimirnos y la izquierda nos protege con sus prohibiciones, algo que nunca he entendido. Pero en este caso cuesta trabajo encontrar el más mínimo atisbo de malestar por la supresión, un año más, de la tradicional cita en las Tendillas, por más que el concejal Antonio Álvarez se trajera un técnico para poner a punto el reloj, elemento principal de esta fiesta.

En este caso, el Ayuntamiento no ha necesitado mirarse en otras ciudades a la hora de tomar la decisión. Ha sido el primero en decir eso de “señores, que no hay campanadas en las Tendillas, que cada uno en su casa y cuidadito con los contagios”. Y no ha pasado nada.

Y no ha pasado nada porque se veía venir. Cuando Miguel Ángel Torrico anunció esta suspensión comentó también que en la denominada tardebuena se iba a intensificar la presencia de la Policía Local en las calles, pero que estaba convencido de que no iba a hacer falta su intervención porque desde hacía días ya se advertía que las aglomeraciones en torno a los bares para celebrar la Navidad habían venido a menos. Concienciación se llama.

Tras el cerrojazo al Fin de Año en Córdoba vino el de otras ciudades, con toda naturalidad, sin ruido, como si se estuviera esperando que de un momento a otro se hiciera pública la decisión. Es el segundo año que los festejos navideños se nos chafan de esta manera y parece que tenemos el cuerpo hecho a tanta suspensión como llevamos acumulada en casi dos años, que serán tres en el supuesto de que en 2022 haya una Semana Santa anómala, que está aún por ver.

Ahora, lo más inmediato, para todos y fundamentalmente para los niños es la Cabalgata. Ya ha avisado Torrico de que se tomará la decisión a final de la semana entrante y siempre en contacto y en estrecha comunicación con la Consejería de Salud. De todas formas ha avanzado que habría alternativa. A ver con qué nos sorprende Marián Aguilar.