Dulces clandestinos


Me temo que el Ministerio de Garzón no está por hacer una campaña sobre el consumo correcto de los dulces industriales, que sería lo acertado

dulces
'Negrito'. /Foto: Pepe Soria

El peligro, como todo en la vida, está en el exceso. Lo difícil y lo sensato es buscar el equilibrio; lo fácil, la prohibición. Y este último camino es el que ha tomado el ministro de Consumo, Alberto Garzón, posiblemente el más ninguneado del Gabinete de Pedro Sánchez. Por eso pugna de vez en cuando por buscar un golpe de efecto para abrirse un hueco, por pequeño que sea, en los medios de comunicación. Y como la criatura da para lo que da, pues no le queda más remedio que tirar por lo que para él es más fácil y lo único que sabe hacer, que es prohibir, lo que nos retrotrae a los periodos más oscuros del siglo XX.

Garzón es un antimilitarista de guardarropía, porque saca pecho al no acudir a los actos de la Fiesta Nacional, pero luego tiene en su mesilla de noche una colección de gorras de plato que haría palidecer a las que lucía Pinochet.

Lo mismo que a los sudamericanos de ‘Amanece que no es poco’, que unos días les daba por montar en bicicleta y otros días preferían oler bien, a Garzón le da la mayoría de los días por pasar desapercibido, ausente del todo, falto de pulso, sin nadie con quien conversar en el Consejo de Ministros, pero otros días busca que se hable de él, aunque la productividad en su departamento siga estando a cero.

Pues esta semana se miró al espejo, escogió una gorra de plato modelo lugarteniente aventajado de Kim Jong-un, y le dio por prohibir la publicidad de la repostería industrial. Coincido plenamente con Garzón en que la repostería industrial es perniciosa, sobre todo en los niños. Por supuesto. En lo que no le puedo dar la razón es que estigmatizando a los dulces consigamos que los niños no los consuman.

La vía más efectiva hubiera sido la de concienciar a padres y a pequeños del riesgo que conlleva el consumo exagerado de estos productos, como ocurre con otros tantos alimentos. Todos sabemos que el consumo de alcohol tiene un tope y que a partir de ahí cada uno tiene que responsabilizarse, incluso por la vía penal, de sus acciones. Educación se llama. Si Garzón pretende, como se vislumbra cada vez con más claridad, convertirnos en herbívoros, que lo diga de una vez y hoy estaría escribiendo esta columna sobre otra cosa.

La prohibición de la publicidad de los dulces industriales los convierte en clandestinos, y los niños se encerrarán en los aseos del colegio a la hora del recreo para consumirlos con fruición y en las casas, los padres apagarán las luces a la hora de la merienda para que ningún vecinos los delate. Vamos, lo mismo que con la Ley Seca.

En Córdoba, en cambio, hemos tenido mucha suerte de que Garzón no se haya enterado de que el dulce más popular entre mayores y pequeños, que siempre nos devuelve a la infancia en el primer mordisco, es el popular ‘negrito’. Si el ministro se hubiera enterado de su existencia y, además, con ese nombre tan políticamente incorrecto para los ofendiditos de guardia, ya habría ordenado la entrada los GEO en El Chairo, en Pozoblanco, donde hacen unos de los mejores ‘negritos’ que conozco.

Me temo que el Ministerio de Garzón no está por hacer una campaña sobre el consumo correcto de los dulces industriales, que sería lo acertado; es decir, un estudio serio que aconsejara no sobrepasar la dosis de uno a la semana o al trimestre. Da igual. Se ve que trabajar con una sociedad adulta no entra dentro de sus prioridades; en cambio, prefieren una prohibición detrás de otra, como si lentamente subiéramos la temperatura a una cazuela con agua y una rana dentro, sea verdad o no este mito.

Si hoy prohiben la publicidad -como encubierta condena oficial- de los dulces industriales detrás vendrán otros productos. Que pongan sus barbas a remojar los torreznos de Soria y los ‘calçots’ catalanes, que por muy bien que los limpies siempre acaban cargados de acrilamidas, y eso es peligrosísimo para la salud. Claro que sí, Alberto, el tofu no da problemas.