Usos y desusos del bono cultural


Es una elevación del nivel cultural de los españoles repartiendo euros como los Reyes Magos reparten los caramelos en la Cabalgata

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Actuación de Jiggy Drama. /Foto: LVC

Cada vez que el Gobierno central lanza una de sus ocurrencias la primera reacción no debe ser analizar en qué consiste. Sería perder el tiempo. Lo primero que tenemos que preguntarnos es de qué nos quieren distraer. Todas ellas componen una cadena en la que el último eslabón anula al anterior, que siempre suele ser uno externo que conviene quitar de en medio. No falla.

Cuando un día los titulares no son del agrado de La Moncloa al rato se filtra algo que pretende poner el foco en otro lugar. Y así un día tras otro hasta llegar a lo último por ahora, ese bono que va a incrementar ‘in ictu oculi’ el nivel cultural de los españoles.

A los seis meses de entrar en vigor el bono de 400 euros para gastar en cultura vamos a tener unos jóvenes de 18 años cultos e ilustrados,  como recién salidos de la gran ‘Amanece que no es poco’, de José Luis Cuerda. “¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?”, te soltarán a las primeras de cambio para exteriorizar una amplitud de conocimientos que, vía BOE, ha sido negada a los jóvenes de 17 años, que aún no votan, y a los de 19 años, que han sido castigados por el PSOE porque se les ha dado una oportunidad y han demostrado que no saben votar bien. La herida de las últimas elecciones en Madrid aún supura para algunos.

Esta elevación del nivel cultural de los españoles repartiendo euros como los Reyes Magos reparten los caramelos en la Cabalgata, es igualita que la ideaca que nos regaló el economista Eduardo Garzón para superar en un instante la recuperación económica: “El dinero es un invento del ser humano y se puede crear sin límites”. Y las impresoras de euros comenzaron a echar humo.

Lo más interesante de este bono cultural no es, por supuesto, aprobarlo y darlo, sino que ya que se da convendría hacer un estudio sobre en qué se ha gastado. Así sabríamos lo que los jóvenes de 18 años entienden por cultura, cuáles son sus predilecciones y a dónde han ido a parar los 400 millones que han salido del bolsillo de todos, del de usted que lee este artículo y de los impuestos del que tiene una pequeña frutería en el Sector Sur y cada vez le cuestas más trabajo llegar a final de mes.

¿Qué cara se le puede quedar a Irene Montero y a Ione Belarra cuando descubran que ese dinero de todos no se ha gastado en libros de Eduardo Galeano, de Rubén Juste o Santiago Alba, sino en la música de Jiggy Drama, Alex & Fido, Ñengo Flow o Adam Levine, que es lo que escucha una parte considerable de la juventud actual.

Otra parte, en cambio, puede rematar el parraque que le va a dar a Montero y Belarra cuando en esa estadística, tan necesaria para la higiene mental de los españoles, sobre el uso que se ha dado al denominado bono cultural aparezca que los euros han ido a parar a la adquisición de ‘El fin de la Fiesta’, de Rubén Amón; cualquiera de los libros de Fernando González Viñas sobre Manolete, o el ‘Juan Belmonte’, de Chaves Nogales. Llamen al 112, por favor, que a estas dos les ha dado un chungo.