El futuro de los altares domésticos


Con el tiempo tuvieron sus periodos de esplendor y de decadencia, aunque siempre quedaron ahí, como un rescoldo que mantenía viva una llama unida a la Semana Santa de Córdoba

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Altar doméstico en Bodegas Campos. /Foto: JC

La pandemia nos ha dejado una Semana Santa inusual, distinta a cualquier otra que podamos recordar, porque la del año pasado no es que fuera distinta, es que no existió en aquello que supone la expresión popular de la religiosidad y quedó reducida al ‘streaming’ del Triduo Sacro. 

En esta ocasión, en cambio, las restricciones sanitarias han establecido un marco de actuación en el que las hermandades han desarrollado una alternativa que ha contado con una alta aceptación por parte de los cordobeses: las imágenes no se han movido de donde tienen que estar, que es en sus templos, y allí han acudido los fieles de forma masiva, ordenada y respetuosa. Muy bien.

Esta Semana Santa ha brindado, además, la oportunidad de desplegar la imaginación cofrade a título particular. Los que no se han querido quedar atrás en esta celebración religiosa han decorado sus balcones y ventanas -tan revalorizados desde hace un año- con colgaduras de todo tipo y el comercio se ha volcado de forma masiva con una celebración a la que tanto le debe, con unos escaparates que destilaban el ambiente cofrade que desgraciadamente faltaba en las calles.

Pero la iniciativa más importante que se ha producido este año es la instalación de los altares domésticos en los patios, que han estado abiertos al público para admirar una tradición netamente cordobesa para la Semana Santa. A Rafael Barón y a un grupo de cofrades de verdad se les debe esta propuesta que no debe quedar en la edición de este año, sino que tiene que cuajar y crecer en años venideros, porque es la plasmación de una seña de identidad que merece consolidarse en el futuro.

La instalación de los altares domésticos no es nada nuevo ni nunca se ha perdido. Siempre, con sus periodos de apogeo y de decadencia, ha estado ahí. Las fuentes más antiguas nos remiten al siglo XIX, cuando estos altares eran el eje en torno al cual giraba de la forma más popular posible la Madrugada del Viernes Santo cordobés. Quien quiera conocer cómo eran no tiene más que bucear en la obra de Ricardo de Montis -que ahora, con motivo del 150 aniversario de su nacimiento, se puede consultar en internet- y aprender con todo tipo de detalle sus características más esenciales.

Con el tiempo tuvieron sus periodos de esplendor y de decadencia, aunque siempre quedaron ahí, como un rescoldo que mantenía viva una llama indisolublemente unida a la Semana Santa de Córdoba. Se revitalizaron en la década de los años 20 y tras la guerra civil. En las décadas siguientes se mantuvo la fórmula del concurso, que unas veces organizaba el Ayuntamiento; otras, la Agrupación de Cofradías, y la Federación de Peñas también quiso liderarlo alguna vez.

La decadencia que supuso en la religiosidad popular la aplicación de las directrices del Concilio Vaticano II fue un duro golpe a los altares domésticos. Dejaron de estar en los patios, en las habitaciones que daban a la calle, en los escaparates y pasaron al interior de los domicilios. A la hermandad del Vía Crucis hay que reconocerle el impagable mérito de haber servido de puente necesario entre esa época y la actual, porque, aunque sólo se instalaran el Lunes Santo, la ciudad nunca perdió la memoria de lo que eran estos altares.

Ahora queda el reto de una nueva etapa que puede tener un futuro brillante. No faltan patios, ni habitaciones en la planta baja, ni zaguanes que puedan servir para el montaje de estos altares. Las imágenes domésticas -ahora llamadas devociones particulares- viven un momento de apogeo y muchos llevan dentro de sí un prioste en potencia capaz de desplegar toda su creatividad.

El futuro mira con ilusión a los altares domésticos en Córdoba, pero debe hacerlo sin perder de vista sus raíces, su estilo popular. No se trata de hacer una perfecta reducción a escala de lo que ya se hace en los templos, porque para eso ya están las hermandades. Los altares domésticos tampoco son un fósil que no admita evolución, sino que puede y debe progresar con fidelidad a su forma de ser.

Si el año que viene, Dios lo quiera, las procesiones vuelven a la calle, es el momento para que la Semana Santa cordobesa tenga su complemento perfecto en las visitas a unos altares que ya no serán una decena, como este año, sino que se habrán multiplicado para hacer más grande aún la fiesta en la que se implica toda la ciudad.

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