José Prieto


Cuando todo iba sobre ruedas sacaba unos auriculares incapaces de amortiguar las cornetas en unas marchas alegres y luminosas, que eran las que más le gustaban

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La vida, muchas veces, te golpea con furia con el envés de la mano cuando menos lo esperas. El hombre no puede decidir el curso de los acontecimientos y estos pueden cambiar de rumbo en sólo un instante, sin avisar. Es lo que ocurre cuando te informan de la muerte de alguien a quien tienes afecto, con el que has compartido momentos de esa vida sin esperar, ni mucho menos, un final tan abrupto como doloroso.

Es lo que pasó el viernes al conocer el fallecimiento de José Prieto, con el que hasta hace justamente un año, antes de que llegara el confinamiento duro, compartía todas las tardes horas de periodismo para que este diario digital, que es el vuestro, fuese cada día mejor. 

Lo conocía del mismo modo que nos conocemos todos los periodistas de Córdoba: con mayor o menor frecuencia coincidíamos en actos, y todos estábamos unidos porque a todos nos unen muchas cosas aunque luego cada uno trabaje para su empresa. Esta fraternidad que existe en esta ciudad, y que otras envidian, lleva a establecer unos vínculos de afecto por encima de otras factores.

A José Prieto lo mismo lo veías con asiduidad que lo mismo desaparecía una temporada más o menos larga. Como a cualquiera que llevas tiempo sin ver, siempre alegraba el reencuentro, que no le había hecho perder un ápice de esa mordacidad con la que se enfrentaba a la vida. 

Era políticamente incorrecto y no sé si desconocía este valor o hacía gala de él. Esto poco importa cuando lo bueno de esto le hacía decir lo que pensaba, sin autocensuras, sin calibrar muchas veces los riesgos. Cuando se enzarzaba en Facebook en una discusión era realmente inagotable y machacaba una y otra vez sin importarle que nadaba contracorriente en un río cuajado de pirañas en el que se había sumergido de forma consciente y sin temor alguno.

Como periodista sabia distinguir lo importante de lo interesante, tenía un olfato que le orientaba en la dirección correcta y titulaba con claridad y precisión. Tenía madera y vocación. También se notaba que llegaba a La Voz de Córdoba con la huella de haber trabajado en ABC-Córdoba y en Córdopolis. Pero, además, tenía la humildad de los grandes y sabía que en esta profesión se aprende de forma constante, hasta el final, y por eso preguntaba sin dudar a quienes tenía alrededor para mejorar el resultado de su trabajo.

Cuando encontraba alguna dificultad se mordisqueaba las uñas y gruñía, pero cuando todo iba sobre ruedas sacaba unos auriculares incapaces de amortiguar las cornetas en unas marchas procesionales alegres y luminosas, que eran las que más le gustaban. Tanto es así, que su teléfono móvil sonaba a ese ritmo, al que cada Domingo de Ramos acompaña a la Virgen de la Esperanza, ese balón de oxígeno que nunca falla en los momentos de dificultad. Palabras mayores para José Prieto.

La llegada del confinamiento hizo que dejáramos de vernos. Alguna llamada, algún mensaje. Hace menos de un mes hablamos por última vez. Estaba interesado en participar en un proyecto que se había anunciado y en el que podría trabajar. De ahí, a la velocidad del rayo, a conocer su hospitalización y su fallecimiento.

Así era José Prieto, o al menos así lo vi. Fueron sólo unos meses en los que compartimos redacción, pero lo suficiente para saber que los cabezones también tienen un gran corazón. Descanse en paz.

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