De nieve, palas, escobas y fregonas


Comprendo perfectamente que para ellos fuera indigesta la legión de palas particulares y anónimas que han salido a la calle

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Perro en la nieve. /Foto: LVC

Hace justo una semana no se hablaba más que de la nieve que había cubierto no sólo Madrid sino también una buena parte de España. La borrasca Filomena había revestido paisajes de un idílico manto blanco que, en primera instancia, desató los instintos infantiles que todos llevamos dentro, y quien pudo se lanzó bolazos de nieve, intentó esquiar y gastó buena parte de la memoria de su teléfono móvil en fotografías paisajes que de la noche a la mañana habían cambiado radicalmente de aspecto. Y sabe Dios cuándo se volverán a ver otra vez así. 

Los más sensatos sabían que esa nieve, que tan esponjosa como impoluta daba un toque festivo al fin de semana, no era más que el inicio de un problema. El lunes había que recuperar la normalidad, las calles tenían que volver a ser para los peatones y para los coches, y había que luchar contra las consecuencias de esta adversidad meteorológica para volver al trabajo, a clase o a donde sea dentro de las limitaciones que nos impone la pandemia de covid-19.

Para ello no había más que practicar lo que marca el sentido común y que no es otra cosa que lo que tantas veces se ha visto en las películas: cuando cae nieve hay que sacar la pala del trastero y abrir un camino, no sin esfuerzo, para eliminar un obstáculo y facilitar el tránsito a los demás. Así de fácil.

Esto, con ser tal elemental, es algo que agrió el lunes pasado el desayuno de ‘porridge’ con té verde a los podemitas que se lanzaron como posesos a criminalizar esta acción voluntaria, solidaria y comprometida. Qué era eso de que lo que ellos denominan la gente le hiciera el trabajo a las administraciones. “Lo público, lo público”, clamaron invocando la panacea que todo lo soluciona.

Señalaron al Gobierno central, a las autonomías y a los ayuntamientos como responsables de una limpieza de nieve que tenían que hacer de forma integral e instantánea. Según ellos, nadie se tenía que manchar las manos en una labor que correspondía a “lo público”. 

En esta semana de nieve para algunos, ha sido una semana de decepción para los podemitas, que han estado desaparecidos, porque cuando la realidad les gana la partida y no se les ocurren un tuit con el que distraer la atención de los demás lo que hacen es quitarse de enmedio y ponerse de perfil en vez de remangarse para solucionar los problemas.

Comprendo perfectamente que para ellos fuera indigesta la legión de palas particulares y anónimas que han salido a la calle estos días como complemento al Ejército y a los servicios de limpieza que, no sin esfuerzo, han devuelto lentamente la normalidad a las calles de la España nevada. Ahora entiendo que ellos no admitan que las personas tengan iniciativas, porque para eso ya están ellos.

Cualquiera quiere ver limpio lo antes posible su tramo de acera y no hace falta que nieve. Es inveterada la costumbre de salir cada día con el escobón para dejar impoluto el tramo de fachada que a cada uno le corresponde. Cualquiera puede comprobarlo a diario en buena parte de Córdoba. No hay que irse a los barrios más populares, porque en la calle Alfaros, por ejemplo, hay una casa en la que cada mañana no sólo barren, sino que pasan la fregona sobre la acera. ¿Es esto una afrenta a Sadeco? En absoluto.

La tradición viene de antiguo y siempre ha sido algo voluntario y solidario sin esperar nada a cambio. En las Ordenanzas Municipales de 1884 del Ayuntamiento de Córdoba ya se reguló la cuestión. En su artículo 519 se recoge con claridad que “además de la limpieza que se verifique por los dependientes del contratista de este ramo, es obligación de los vecinos tener constantemente barrida toda la parte de acera y calle que corresponda a sus respectivas casas”. 

Esta obligación no debió ser asumida por los cordobeses como un mandato imperativo que había que cumplir a desgana, sino que simplemente regulaba lo que era normal, lo que, a buen seguro, se venía haciendo desde hacía siglos pese a existir un sistema municipal de limpieza. Es una labor que muchos mantienen con agrado, como se puede verificar en Santa Marina, en Cañero o en San Basilio. Imagino que en el resto de España sería igual, por lo que ahora entiendo porqué los podemitas dieron marcha atrás con lo de la pala y se metieron la lengua allá donde no brilla el sol.