Clases gratis, oiga


Es la política menuda, la verdad desnuda del político municipal; lo demás, son aires de grandeza

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Pleno del Ayuntamiento. /Foto: LVC

Un dicho clásico afirma que “si a las siete en Madrid no das una conferencia, te la dan”. Algo parecido se podría decir de Córdoba, donde los terceros jueves de cada mes si no vas a clase, te la dan. Y te la dan de cualquier cosa, de lo que menos te puedes imaginar, de lo más exótico y lejano posible. Se trata, si no lo han adivinado ya, del Pleno municipal, ese rito administrativo al que solo le falta los rótulos de neón para cambiar de epígrafe fiscal.

En casa sesión, el orden del día es algo así como el programa de un espectáculo de variedades. Si entonces se pasaba del flamenco a las coristas, del mago al malabarista, del cuplé picantón al cuadro de baile, en los plenos municipales se salta de la geoestrategia mundial a la reprimenda a otras administraciones, de los reconocimientos extrajudiciales de crédito a la toma de conocimiento de muchos decretos, muchos.

Los plenos se celebran porque son un trámite que marca la ley para la aprobación de determinados asuntos. Si esto fuera así, las sesiones se solventarían en veinte, en cuarenta minutos lo más, y aquí paz y después gloria. Pero no es así, porque cuando se liquida la parte puramente administrativa, que siempre se hace a la mayor rapidez, llegan las mociones, ese cajón de sastre en el que cada grupo político busca su cuota de popularidad aún a riesgo de salir escaldado.

Las mociones las carga el diablo. Afortunadamente se puso el tope de no presentar más de ocho por sesión para no hacer interminable el asunto, pero dentro de estas ocho todo tiene cabida, desde el problema de los inmigrantes que Marruecos envía cíclicamente a las Canarias hasta airear aún más las vergüenzas de la Ley Celaá.

Son clases con aspiraciones de magistrales que los concejales preparan a golpe de asesor y de Google, lo que se nota mucho, sobre todo en los ediles que no levantan los ojos del papel, por más que se los pongan al lado de la pantalla del ordenador para que parezca un ‘teleprompter’ casero en estos tiempos de plenos telemáticos. Se nota y mucho. Las pupilas no engañan.

En la sesión de este jueves, para no perder la tradición, también hubo clases gratis y con nivel. Una fue sobre el Sáhara y las injusticias que Marruecos comete desde hace cuatro décadas sobre el sufrido pueblo saharaui, aunque faltó una pieza fundamental en tan prolija información para comprender el alcance del problema, como es el papel de Argelia, del Frente Polisario y de la URSS/Rusia en toda esta historia. 

Otra de las clases a la que asistió la veintena de personas -la mitad, periodistas- que siguió el Pleno a través de YouTube fue sobre financiación autonómica, apasionante cuestión en la que quedó claro lo gurruminos que son los gobiernos del País Vasco y Cataluña con el consentimiento del Gobierno central, sea del color que sea.

En fin, que cuando las fuerzas flaqueaban, la atención era incapaz de fijarse en la pantalla del ordenador tras más de nueve horas de sesión se pasó a los ruegos y preguntas, el momento en el que los concejales quedan bien con los que llegan a sus despachos quejándose del desconchón en el patio del colegio, de la farola que lleva dos días apagada o del bache que destroza el amortiguador más resistente.

Es la política menuda, la verdad desnuda del político municipal; lo demás, son aires de grandeza. Cuando un concejal sale a la calle, rara vez le hablan de algo que sucede más allá de Alcolea o de la cuesta del Espino. Lo local es  lo local y si los plenos se dedicaran al parque verde de Miralbaida o al puesto navideño de Ronda de los Tejares sin licencia -que después se demostró que sí tenía- se ganaría en interés y todos nos sentiríamos representados, incluso en la sensiblera carta del acordeonista leída por una concejal y que luego fue desmontada por tendenciosa. Así es la vida, así son los plenos.

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