Una solidaridad sesgada


Ya quedó claro en la crisis de 2008 que la familia había sido el sostén seguro en el que muchos se habían refugiado para no caer más hondo en la exclusión

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Entrega de los alimentos a la cáritas parroquial de San Andrés. /Foto: LVC

Una cadena de televisión ofrecía esta semana las declaraciones de una representante de una ONG cuyo nombre no viene al caso. El motivo era la presentación de un estudio sobre la solidaridad durante los meses de pandemia y la conclusión -bastante obvia, por cierto- no era otra que los efectos de la crisis no eran peores de lo que son gracias a las ayudas recibidas por las personas necesitadas.

Hasta aquí, en principio, todo correcto o casi de no ser por la construcción de un discurso que presentaba con solidez y en el que había una palabra que de tanto repetirse hizo que se encendieran las luces de alarma. Esta chica insistía en que la solidaridad provenía de los vecinos, y que gracias a los vecinos muchos otros vecinos habían podido comer, porque eran los vecinos los que ayudaban a los demás vecinos. 

Esta contumacia tan sospechosa, como habrán advertido, perseguía intencionadamente la ocultación de dos colectivos que sí han desprendido solidaridad por todos los poros de su cuerpo durante esta cruel pandemia. Todos hemos visto -y utilizo el verbo ver en su primera acepción- cómo los vecinos han ayudado a paliar las graves consecuencias que ha acarreado la crisis del coronavirus. Por supuesto que es así, pero los vecinos no han sido los únicos ni los primeros.

De las declaraciones de esta portavoz de la ONG -que se supone bastante bien regada con dinero público- llamaba tanto la atención la profusión en usar el término vecinos como la maniobra para ocultar otros sustantivos que le hubieran dado mayor credibilidad y solidez a su relato. Daba la impresión de que de forma intencionada esquivaba mencionar a la familia y a la Iglesia Católica como los primeros recursos a los que personas de toda condición han acudido, y siguen acudiendo, en busca de lo más elemental para poder subsistir.

Ya quedó meridianamente claro en la crisis de 2008 que la familia había sido el sostén seguro en el que muchos se habían refugiado para no caer más hondo en el negro pozo de la exclusión. Si alguien no ha tenido un caso cercano sí habrá podido ver a través de los medios de comunicación cómo padres, abuelos y hermanos han hecho una piña para desprenderse de lo suyo en ayuda de los demás.

En estos días del covid-19, las colas del hambre se han formado en las puertas de las parroquias y de los comedores sociales, dirigidos en su mayor parte por organizaciones eclesiales. Qué casualidad. Yo he visto en la plaza de la Compañía a un hombre de unos 40 años, con pinta de fichar a las ocho de la mañana en cualquier banco, guardando cola para volver a casa con el carrito azul de la compra lleno de legumbres, latas y leche porque ya no tiene donde fichar. 

La intervención televisiva de la representante de esta ONG no me ha generado malestar alguno porque la realidad es la que es hasta en el más recóndito rincón de España y cualquiera ha sido testigo. Otra cosa es la insistencia que tienen algunos en aplicar su ingeniería social para crear un modelo en el que se pierda la primacía del ser humano. Pero si hay algo que realmente me preocupa de todo esto, y que me ha llevado varios días hasta a quitar el sueño, es que esta mujer, por usar tantas veces la palabra vecinos en vez de vecinal, más correcta políticamente, o las más inclusivas de vecinos y vecinas, le van a quitar el carnet de progre un día de estos. Pobrecita.