La Concejalía de la Verdad


A nadie se le escapa que todos -repito: todos- los políticos viven obsesionados con los medios de comunicación. A unos se les nota más y a otros menos

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. /Foto: LVC

Dentro del carrusel de despropósitos al que nos tiene acostumbrados el Gobierno de la nación con el que intentan tapar un despropósito con otro mayor, esta semana nos han regalado lo del Ministerio de la Verdad, del que tanto se ha escrito y opinado en los últimos días. Es el intento orwelliano del sometimiento por las bravas de la población como paso previo a que cada noche nos digan con qué nos toca soñar: ora con un prado florido, con ríos de leche y miel, gracias a la magnanimidad del presidente del Ejecutivo, ora con una multitud enfervorecida, con banderitas tricolores en las manos y lágrimas en los ojos, que jalea sin respiro a un señor con moño asomado al balcón de un palacio.

Mientras llegan esos momentos del subconsciente teledirigido hay que conformarse con la domesticación del pensamiento, de la información, de la opinión, de la libertad, en definitiva. Es lógico y comprensible que en lo que llamamos Europa se les hayan puesto las orejas de punta y los ojos como ruedas de jeringos al conocer lo que se prepara en España. Allí, en Bruselas y en Estrasburgo, temen más que a una vara verde que en este selecto y elegante club aparezcan socios vestidos de chandal o de militar con desproporcionadas gorras de plato y condecoraciones puestas entre los hombros y las ingles, con palillo de dientes en la comisura de los labios.

Los promotores de la iniciativa están como locos por amordazas las libertades de los españoles, sobre todo cuando en lo más duro de la pandemia comprobaron muy a su pesar que habían perdido el dominio de las redes sociales y que su verdad ya no era la verdad dominante. La disolución de este monopolio, que hasta entonces ejercían con escasa transparencia, aflojó sus esfínteres e intentaron dar el golpe en la mesa para imponer el prohibido pensar.

A nadie se le escapa que todos -repito: todos- los políticos viven obsesionados con los medios de comunicación. A unos se les nota más y a otros menos. Unos son más respetuosos y otros creen saber más de la profesión que los propios periodistas, cuando desconocen las tripas de la profesión; porque leerán muchos periódicos y dedicarán muchas horas a la radio y a la televisión, pero ignoran el riguroso y duro trabajo que hay detrás de todo eso.

El anuncio de la creación del Ministerio de la Verdad, que estará gobernado por alguien que manda mucho y no ha votado nadie, no quedará circunscrito a Madrid, qué va. Sus palmeros y ‘agradaoes’ harán todo lo posible para que haya delegaciones ministeriales en cada ciudad, en cada barrio. Están como locos porque sea así.

Además, no estamos hablando de nada lejano y que no nos afectará, sino que en los últimos tiempos los periodistas padecemos con frecuencia un trato por parte de algunos políticos que ahora cobra sentido con el Ministerio de la Verdad. Hace unos años, un periodista a punto de jubilarse alzó la mano en una rueda de prensa para reprochar a un político el trato humillante que acaba de dar a un becario en su respuesta.

Cada vez es más frecuente escuchar en una rueda de prensa eso de “el titular es éste” que, por cierto, luego nadie utiliza. Siempre ha habido políticos descontentos con el trabajo de los periodistas, pero siempre ha habido cierta deportividad en ambas partes y nunca como ahora te refriegan en la cara el modo en que has enfocado una determinada información. 

Y así podría seguir con algo que al igual que yo podrían escribir muchos de los periodistas cordobeses. En todos sitios cuecen habas. En Sevilla, un grupo político pidió las grabaciones de las cámaras de seguridad para ver qué periodistas se habían apostado en la puerta de sus dependencias para escuchar determinada noticia, cuando la información se había filtrado desde el interior. En Madrid, recordarán, hubo un tipo que se incomodó sobremanera con una pregunta y humilló a la periodista, -una mujer, oiga- por el modelo de abrigo que llevaba. Son sólo unos pocos ejemplos.

Por todo esto, no me extrañaría lo más mínimo que el Ministerio de la Verdad, si desgraciadamente llega a ser una realidad, que Dios no lo quiera, haga que tengamos aquí nuestros ministritos locales, diciéndonos con una halitosis insufrible qué pensar, qué decir, que leer, qué escribir, qué opinar. Será la Concejalía de la Verdad.

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