Eufemismos


Como la criatura tiene su marco mental limitado a la guerra civil y a poco más, creía que el término era franquista

eufemismos
Pedro Sánchez. /Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa

Si en España hay alguien experto en el uso de los eufemismos éste es, sin lugar a dudas, el PSOE. Este reconocimiento no significa que sean unos maestros en el uso pulcro del léxico, que hayan recuperado las glorias de la oratoria perdida, sino que lo manipulan con fines aviesos, lo cual echa por tierra todo el mérito que pudieran tener. Los socialistas, por supuesto, están en su derecho de dar el cante con el uso de términos polisílabos, grandilocuentes y engolados, que se preparan en un laboratorio político para soltarlos y torturar a la audiencia en las conexiones en directo durante los informativos del mediodía para que la audiencia no tenga escapatoria. Los demás tenemos el derecho de carcajearnos, de pasar olímpicamente y, sobre todo, de abrir los ojos al alma cándida que había quedado tan prendada como deslumbrada ante el palabro como un inocente cervatillo en la carretera ante los faros de un Land Rover.

El uso adecuado del eufemismo enriquece cualquier texto. Es como la pastilla de Starlux, que en su dosis correcta busca elevar la calidad del producto final. En cambio, el abuso, sobre todo si se produce en el marco de la política, además de hastío provoca que imaginemos que hay gato encerrado. Hagan la prueba y no se equivocarán.

Cuando se maquilla la realidad para lograr determinados objetivos hay veces que se acierta y otras en las que se falla, porque no se cumple su objetivo. Entre los grandes éxitos de las últimas temporadas está el término ‘territorio’, que fue lanzado al ruedo de la política como elemento de ambigüedad para que los nacionalistas se sintieran a gusto y se diluyeran progresivamente palabras concretas y exactas en su definición como ‘comarca’, ‘provincia’, ‘región’, ‘autonomía’, ‘nación’ o ‘país’. 

La primera vez que la escuché fue cuando una diputada del PSOE me dijo que los días que no tenía que ir al Congreso los dedicaba a su territorio. Ahí me surgió la duda: ¿A su circunscripción? ¿A la estructura del partido? ¿A su mesa camilla?, pensé para mis adentros. Territorio es un término flexible que necesita de contexto para tener sentido; si no, es una muletilla hueca y adormecedora que reblandece las meninges del receptor. Aquel disparate socialista, como tantos, fue un caso de éxito y los del PP fueron los primeros en morder desaforadamente el anzuelo como un barbo tras días de ayuno. Los populares renunciaron al uso de la precisión que tiene nuestro idioma, y hoy los ves hablando de territorios sin saber si se refieren a su barrio o a la cuenca hidrográfica del Guadalquivir. Caso perdido.

Otra especialidad socialista es la de cambiar los nombres de los cargos para aparentar lo que no se es, contentar a alguna minoría y volver loca a la mayoría. Entre otros ministerios está el de Transición Ecológica, tan aplaudido, que, bien mirado. está vacío de significado, cuando bajo el amparo de su anterior denominación de Medio Ambiente se pueden desarrollar todas las políticas que se quiera en esta materia.

Soy fan del Ayuntamiento de Sevilla, que en un triple mortal de cursilería bautizó la Concejalía de Urbanismo como de Habitat Urbano. Ole ahí. Pero en Córdoba no nos quedamos atrás. En el anterior mandato se le cambió el nombre a la clásica delegación de Tráfico por Movilidad y a la de Festejos por el no menos pretencioso de Promoción de la Ciudad, con los que el actual gobierno municipal han vuelto a reincidir en vez de aprovechar la ocasión para volver a Tráfico y a Festejos. En el pecado llevan la penitencia. La primera concejal que lució tan inconcreta denominación comprobó que el cambio no había servido para nada. En la presentación de los festejos de Navidad, una periodista le preguntó sobre los preparativos para la “promoción de la ciudad” en Fitur, que estaba a la vuelta de la esquina. 

Lo último ha sido lo del toque de queda. Ahí no se pudo reprimir Pedro Sánchez y con la voz impostada de las grandes ocasiones soltó en tono imperativo lo de: “Podemos ir acuñando una nueva expresión que nada tiene que ver con el toque de queda. Es una restricción de movilidad nocturna”. Grande como él solo.

En esta trampa nadie ha caído, afortunadamente. Como la criatura tiene su marco mental limitado a la guerra civil y a poco más, creía que el término era franquista. Su gozo en un pozo. En los primeros días eran los más afines quienes daban el cante con lo de la “restricción de movilidad nocturna”, pero al poco fue arrumbado en el trastero de los sintagmas inservibles. 

Esto demuestra que aún hay esperanza. Si todo el mundo usa toque de queda, porque es un toque de queda en toda regla, diga lo que diga Sánchez, es posible que los ojos de la sociedad se abran lo suficiente para evitar que otros maquillen la realidad con términos que, a la postre, no dicen nada.

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