La pintada del Marrubial


Si alguien lo vio y tuvo el impulso cívico de llamarle la atención al energúmeno sabía a lo que se exponía en un jardín solitario por la noche

muralla pintada marrubial
Juan Murillo, Salvador Fuentes y Carmen Chacón. /Foto: LVC

El lunes amanecía la ciudad con la desagradable noticia de un grave atentado a su patrimonio. Una elaborada pintura, o grafiti, de cuatro metros de anchura por dos de altura, que ensuciaba la parte interior de la muralla del Marrubial, la que da al jardín de los poetas. Córdoba, desgraciadamente, está acostumbrada al vandalismo periódico sobre sus monumentos: la pintura sobre el Cristo de los Faroles, la destrucción de elementos del monumento a Manolete, las caras de la Puerta de Almodóvar, el saqueo de los sillares del puente de los Nogales y tantas otras más.

Pero esta pintada sobre la muralla del Marrubial tiene unas características que la hacen diferente a la mayoría de la agresiones al patrimonio que conocemos hasta ahora. No es la mancha de pintura en spray que se hace de forma rápida, en unos segundos, como un impulso de violencia hacia el arte y la historia, no. En este caso hay una premeditación en la elección intencionada del escenario del delito. Un lugar escondido, junto a unos jardines por los que a partir de determinada hora no pasa ni el aire. Esta circunstancia ha facilitado que la fechoría se haga con todo el regodeo posible: primero siluetear las letras, luego rellenarlas de otro color, dar volumen con otros tonos y, por último, firmar la obra como símbolo de la victoria contra no sé qué de quien cobardemente se ha ocultado en las sombras de un jardín.

La deleznable acción venía a rematar una importante inversión realizada por el Ayuntamiento en los últimos años para recuperar un tramo de muralla que está considerado como uno de los más importantes del periodo islámico. Se terminó de pagar en enero de este año y la cantidad alcanzó los 200.000 euros.

Hasta aquí los hechos. Los efectos, por su parte, son preocupantes. La arquitecta de la Gerencia de Urbanismo Carmen Chacón y el arqueólogo Juan Murillo no disimulaban lo más mínimo este viernes cuando ponían sobre la mesa la complejidad de la restauración. Hasta ahora estábamos acostumbrados a que aparecía una pintada sobre el busto de Lagartijo en la calle Osario y a los pocos días estaba como nueva, reluciente.

Este caso es distinto. El tapial con el que está construida la muralla complica sobremanera los trabajos. Como dijo Chacón, “la pintura penetra más que los productos de restauración”. Por supuesto que nuestra confianza está puesta en el alto nivel profesional de quienes se van a encargar de esto, pero no puede ser que el Ayuntamiento tenga que gastar unos 39.000 euros para limpiar lo que el autor podía haberse hecho en la entrepierna. 

Además, el mismo lunes, el presidente de la Gerencia de Urbanismo, Salvador Fuentes, hacía un llamamiento dirigido a toda persona que hubiera podido ver algo, con la finalidad de encontrar al vándalo en cuestión. Lo hizo porque en estos casos hay que hacerlo, pero es difícil que alguien fuese testigo de la pintada. Además, si alguien lo vio y tuvo el impulso cívico de llamarle la atención al energúmeno sabía a lo que se exponía en un jardín solitario por la noche. Un peligro, vamos. Si cualquier joven es capaz de montarte un pollo a plena luz del día al llamarle la atención por no llevar mascarilla, qué te pueden decir, o hacer, si le amonestas por hacer el grafiti. No quiero ni pensarlo.

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