La potencia del mito


Al torero le pasa como al actor de teatro, que tras su muerte sólo quedan cuatro breves grabaciones -en muchos casos no muy afortunadas- y el recuerdo de quienes lo conocieron

Manolete
Manotee. /Foto: LVC

Agosto se despide todos los años con una vuelta a la rutina que asoma por el horizonte de septiembre. Este año, pese a la pandemia, se regresa a un día a día alterado hasta la médula por las precauciones para evitar un rebrote por coronavirus, pero la esencia sigue siendo la misma. La llegada del 1 de septiembre es para muchos un cambio de año más rotundo que el que se celebra el 1 de enero, por lo que supone de inicio de un ciclo que, sin interrupción nos llevará hasta finales de junio.

Este mes de agosto que estamos a punto de finiquitar ha sido tanto o más caluroso que otros, ha contado con su éxodo vacacional, aunque menor que otros años, y ha cumplido con todos sus ritos, incluido el del cine de verano, aunque ese año reducido al Fuenseca que, al menos, ha servido para curar el mono a los incondicionales.

El covid-19 ha hecho que ese agosto sea, en algunos aspectos, menos agosto que otros años. Las precauciones sanitarias han justificado que la cautela nos distancie y nos hayamos pensado muy mucho el ir a una terraza o el buscar el esparcimiento habitual de cada verano.

Un elemento que no suele faltar en este mes es el del aniversario de Manolete. ¿Es un rito sin sentido? ¿Es un consuelo de nostálgicos? ¿Es una celebración vacía de contenido? 

Muy al contrario. Si hay varios colectivos privados que de forma totalmente ajena a las instituciones -algo que tiene mucho mérito hoy en día- se dedican cada año a recordar la memoria de Manolete cuando las temperaturas son más desagradables en la ciudad más calurosa de España es que hay un fundamento sólido para esta celebración. La revista ‘La Montera’, la Casa de Jaén o, más recientemente, la Fundación del Toro de Lidia tienen un mérito tremendo por la valentía de sacar la gente a la calle con estos rigores insobornables.

Dirán que también en agosto se celebra la muerte de Federico García Lorca. Es verdad, pero la obra del poeta granadino está viva en sus libros, como la del pintor permanece en sus lienzos. Al torero, en cambio, le pasa como al actor de teatro, que tras su muerte sólo quedan cuatro breves grabaciones -en muchos casos no muy afortunadas- y el recuerdo de quienes lo conocieron en vida, por lo que el tiempo lo va diluyendo hasta el olvido. No hay nada que sustituya la emoción de lo vivido en directo.

En el caso de Manolete hay mucho más y ello se debe a la revolución que llevó a cabo en los ruedos, al fenómeno social que supuso y a lo atractivo del personaje que creó José Flores ‘Camará’. Todo ello da como resultado la figura de un mito bien cimentado que no sólo sigue vivo en la ciudad que le vio nacer, sino que traspasa todas las fronteras inimaginables.

La fuerza de Manolete es tal que puede, incluso, con el desdén oficial de su propia tierra. Si hay un aniversario redondo se vuelcan, pero en el día a día dejan entrever la piel sensible del ofendidito de guardia que no se atreve a dar un paso por el qué dirán los cuatro frikis de la pancarta y el insulto animalista. La prueba más palpable está en el olvido al que ha sido arrinconado en el Museo Taurino de su propia tierra, donde debería brillar con luz propia.

Cuando hace más de una década se diseñó este recinto con motivo de su reforma ya saltaron las luces de alarma. Los criterios museográficos fueron el término talismán que se repitió hasta la saciedad para enmascarar lo que en el fondo no era otra cosa que poner en marcha la cuenta atrás para el cierre del museo.

La Casa de las Bulas no es un museo al uso. Al igual que los otros que hay en España dedicados a la tauromaquia no se ponderan los valores artísticos ni históricos sino los sentimentales, y estos están tanto en un pañuelo manchado de sangre como en una postal escrita con faltas de ortografía por un banderillero desde México, porque esto es lo que va buscando el visitante de un museo taurino.

Si Manolete es capaz de resistir todo esto podemos afirmar que tenemos Manolete para rato. Otros no lo hubiera aguantado. Tras la tarde trágica de Linares, la crónica que el periodista Manuel García Prieto hizo para Radio Córdoba EAJ-24 arrancaba diciendo: “Ya estarán contentos los chacales…” Ahora, más de 70 años después, siguen los chacales igual de felices.

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