La pereza de nuestros días


Si ya es grave de por sí que alguien deje que otros piensen por él, tampoco deja de ser menos grave el dejarse llevar por la pereza y comprobar mínimamente lo que se está leyendo

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Empedrado de la plaza de Capuchinos. /Foto: LVC

En la mañana del pasado miércoles, los medios de comunicación cordobeses recibimos una nota de prensa de la Junta de Andalucía en la que se informaba del visto bueno dado por la Comisión de Patrimonio a la reurbanización que va a llevar a cabo el Ayuntamiento en la plaza de Capuchinos y en la cuesta del Bailío.

A los pocos minutos estaba publicada en las respectivas webs y comenzaba a ser compartida en las redes sociales, lo que dio lugar a un fenómeno, desgraciadamente común en nuestros días, que merece un análisis sobre la relación entre la sociedad actual y la información. La noticia, en sí, además, no es que fuera lo que se llama un ‘scoop’, porque ha sido contada, con todos sus datos, varias veces en los últimos meses. La plaza de Capuchinos y el Bailío están tan necesitadas de un lavado de cara que el hecho de que el Ayuntamiento vaya a actuar ya es de por sí importante y relevante.

Lo curioso es que como la nota estaba bien explicada y bien escrita fue reproducida tal cual por todos los medios, sin apenas adiciones, por lo que todos ofrecimos los mismos datos. En el texto se explicaba con todo detalle lo que se va a hacer en Capuchinos y en el Bailío. Los titulares, en cambio, variaban ligeramente, sin importancia, porque el mensaje estaba claro y la noticia no admitía mayores florituras.

Lo curioso, decía, vino cuando saltó la información a las redes sociales y comenzaron a surgir los comentarios a la noticia. Como si se tratase de una operación perfectamente orquestada, hubo una práctica unanimidad que revelaba que la inmensa mayoría se lanzaba a opinar sin haber pasado del titular. No se habían molestado en abrir la noticia para conocer qué es lo que se va a hacer en Capuchinos y en el Bailío con poco más de 46.000 euros. Pero esto poco importaba, porque lo relevante para ellos era agitar un sensacionalismo tan innecesario como vergonzante.

Sí, porque daba vergüenza leer comentarios sobre el granito rosa, la falta de información a los vecinos, la pérdida del encanto que tiene la plaza y mil sandeces más que hubieran tenido una fácil y rápida respuesta si se hubiese leído la noticia, que tampoco era tan larga. Eran muchos comentarios, muchos, y la locura llegó hasta whatsapp. “¿Es verdad que van a poner granito en Capuchinos?”, me preguntó un amigo. 

La información sobre las obras en Capuchinos y su entorno era una de tantas que a diario son tratadas por los medios de comunicación sin más relevancia que el resto. La incógnita, de momento, está en saber si su viralidad fue espontánea o fue provocada, que no me extrañaría lo más mínimo. De momento carezco de pruebas para inclinarme por la segunda opción y me quedo con la primera, con el convencimiento cada vez más firme del embrutecimiento de una sociedad que ha perdido su espíritu analítico y crítico.

El mundo se mueve con titulares. El éxito de las redes sociales está en las píldoras con que resumen la compleja realidad. ¿Esto es malo? No necesariamente cuando esa capacidad de síntesis se aplica con rigor, sin faltar a la verdad. Pero esta herramienta es la idónea cuando se quiere moldear el pensamiento de la población en un sentido o en otro. Si ya es grave de por sí que alguien deje que otros piensen por él, tampoco deja de ser menos grave el dejarse llevar por la pereza y comprobar mínimamente lo que se está leyendo. Que no es tan difícil, hombre.

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