Hay casos y casos


Si los tribunales populares fueron herramienta imprescindible en los procesos revolucionarios, ahora tienen su sede en las redes sociales

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Simbología de la justicia. /Foto: LVC

Los tribunales populares han estado presentes en la mayoría de los periodos más negros de la historia. La arbitrariedad, las ansias de revancha y la protección del anonimato han movido una cantidad ingente de crímenes por más que se les haya querido recubrir con la ligera capa del barniz de la legitimidad popular. No me sirve. Desde antiguo se sabe que tras el “vox populi, vox Dei” no hay siempre aciertos, precisamente.

Si los tribunales populares fueron herramienta imprescindible en los procesos revolucionarios, ahora tienen su sede en las redes sociales. Si no hay un objetivo claro, se busca y se señala, como las piezas de caza. Y a por él. Si es que ha metido la pata, seguro que se le quitan las ganas de volver a tropezar en la misma piedra -o no-, y si es inocente sólo queda implorar el amparo del Altísimo.

De un tribunal popular no se escapa nadie. Un chiste antiguo lo caricaturizaba con la expresiva frase del tribunal al comienzo del juicio: “Que pase el condenado”. Todo era una farsa entre risotadas y humillaciones, porque el destino de la víctima -que no del culpable- ya estaba más que decidido.

Cualquiera que tenga hoy día una cuenta en alguna o varias de las redes sociales ya tiene derecho a un asiento en el estrado del mayor de los tribunales populares. Desde allí puede despellejar a placer sin contar con las consecuencias que pueda tener su comentario. Lo que antes informaban los medios de comunicaciones convencionales con todas las cautelas posibles, con sus contrastes pertinentes, ahora se ha convertido en una sentencia instantánea sin derecho a apelación. 

Los casos en Córdoba

El otro día escuchaba el caso de una propietaria de un establecimiento de hostelería. La criatura estaba aterrada con el supuesto de que alguno de sus trabajadores diera positivo en un test. Decía, no sin razón, que ella no era responsable de lo que hicieran los camareros en su tiempo libre, pero que sí pagaba los platos rotos en el supuesto de que se contagiaran en cualquier otro lugar. Este caso es extensible a otros muchos negocios y empresas que han visto su nombre manchado y su reputación por los suelos después de haber sido señalados por el implacable dedo justiciero de los tribunales populares.

Una cosa es que te pillen espurreando garrafón sobre una masa inconsciente y otra que antes de que cuelgues el teléfono tras recibir la noticia de un positivo en tu entorno ya estén las redes sociales señalando tu negocio y jodiendo tu futuro. Así de rápido. ¿Así de justo?

No exculpo a los propietarios de los bares, en absoluto, sino que les concedo el derecho de defensa y a que se conozca la verdad. Esta semana han aparecido tres casos vinculados a un bar de copas junto al Mercado Victoria y, por extensión, se ha condenado al Mercado Victoria. Así, sin anestesia. Qué más da.

Lo más seguro es que usted que me está leyendo no sea de esos que meten a todos los casos en el mismo saco y conceden el beneficio de duda a la presunta víctima. Es de agradecer. Como sería de agradecer que estos tiempos convulsos nos tomásemos algo más de tiempo antes de sentenciar y condenar con un comentario que puede hacer más daño del que podamos suponer.

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