De los conguitos a los chochos


No, no hemos salido más fuertes; como mucho, hemos salido igual de tontos y esto no ha hecho más que empezar

altramuces, chochos
Altramuces o chochos. /Foto: LVC

Cada vez me creo menos la campaña del Gobierno de España, ésa que dice que de la pandemia #SalimosMasFuertes. Salir más fuertes no significa salir mejores, porque es volver a la eterna disputa entre el gimnasio y la biblioteca. Con salir más listos e inteligentes me hubiera conformado, porque los casi tres meses encerrados en casa podrían haber servido para dejar atrás las tonterías que arrastrábamos hasta que llegó el coronavirus.

Recordarán que poco antes de la pandemia todos entramos en la polémica de los gallos violadores de gallinas. Era un signo de los tiempos, aplaudido por una parte de la sociedad, con el amparo de los partidos más radicales y extremistas, ésos que sólo sueltan una pancarta para coger otra.

Aquello de los gallos violadores era el entretenerse en algo cuando no tienes nada interesante que te entretenga. La desazón vino rápidamente, cuando se descubrió el armazón intelectual que sostenía toda esta teoría. Aquel vídeo en el que Fani y su colega miraban a cámara muy serias soltando una serie de improperios a la inteligencia desbarataba cualquier intento serio de racionalidad y dejaba indefensas a estas dos chicas a la intemperie del choteo generalizado.

Pensábamos -ingenuos de nosotros- que el confinamiento había consistido en un bofetón de realidad que nos había devuelto a la normalidad cuando de pronto surge el #BlackLiveMatters y nos quieren hacer ver fantasmas donde no los hay. Y de ahí a la cascada de tópicos progres que ahora está entretenida derribando estatuas injustamente.

Las estupideces -o “gilipolleces”, como diría con tino Elías Bendodo- siempre tienen una componente replicante que hace que surjan imitadores por todos los rincones. En Andalucía no nos hemos librado de ello y en ese cajón de sastre que es change.org, donde cada resentido encuentra su acomodo, se ha rizado el rizo con la propuesta de retirar la marca comercial de Conguitos, ésa que tan feliz ha hecho a la infancia española durante décadas, sin otro fin que endulzar el paladar. Si se hurga en estas peticiones de firmas se comprueba que son varias, por lo que hay más de una personas a la que aplicarle el acertado calificativo de Bendodo. Pero frustra el ver que muchos de ellos no son tan valientes de abanderar la campaña con su nombre y apellidos, sino que se escudan tras un pseudónimo por no tener las narices suficientes de pedirle a Lacasa, a cara descubierta, que retiren el nombre de uno de sus productos más exitosos.

No, no hemos salido más fuertes; como mucho, hemos salido igual de tontos y esto no ha hecho más que empezar. Si se han atrevido con los Conguitos, quién te dice a ti que no van a montar el pollo en el próximo Mercado Medieval contra el bollo preñao, o que reventarán las proyecciones de los cines de verano porque en sus ambigús hay lebrillos con bolsitas de chochos entre trozos de nieve. No importa que la autoridad de tal nombre esté contrastada en los versos de don Luis de Góngora, ya que sobre los defensores del nombre tan cordobés de esta humilde legumbre caerá todo el catálogo de improperios bienpensantes: machista, patriarcal, machirulo y, por supuesto, fascista. Que no falte.

Me temo lo peor. No sólo porque en Córdoba haya una campaña para que le quiten el nombre a la avenida Arroyo del Moro, por todas esas connotaciones que usted ya se ha imaginado, sino porque con estas gilipolleces, con perdón, nos tendrán entretenidos para cosas peores.

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