La defensa de lo obvio

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Todo lo que envuelve a la tauromaquia es cultura, y de la buena, lo diga Agamenón o su porquero

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Diestros en el paseo taurino. /Foto: JC

Uno de los ejercicios más agotadores e improductivos a los que puede someterse el ser humano es el de defender lo evidente. Es algo que cansa tanto o más que contar los pelos de la cabeza en una aburrida tarde estival. ¿Y para qué? Pues para nada.

En la tarde del pasado jueves estuve en el denominado paseo taurino que se convocó para defender al sector frente a la discriminación sufrida por parte del Gobierno de Pedro Sánchez a la hora de repartir las ayudas para paliar los efectos de la crisis generada por el coronavirus. Curiosamente, otro de los sectores agraviados por el Ministerio de Cultura es el del flamenco, lo que ha dado pie a que sus artistas se movilizaran con rapidez y se agruparán en Unión Flamenca, con Eva Yerbabuena a la cabeza de una extensa nómina de la que forman parte los nombres conocidos por todos junto a aquellos que sobreviven a duras penas durante el año con lo que ganan en cuatro ferias y verbenas. Toros y flamenco. ¿Qué casualidad, no? ¿Ha dicho algo el PSOE de Andalucía, que tanto postureo derrocha cuando se trata de las señas de identidad de lo que ellos llaman territorio? Ah, no, es que están conmocionados aún por la no retransmisión de la romería de la Virgen de la Cabeza.

Esta protesta taurina, que se ha multiplicado con éxito en diversas ciudades españolas, estaba convocada por el lema #TambienSomosCultura, que es lo obvio de esta historia. Todo lo que envuelve a la tauromaquia es cultura, y de la buena, lo diga Agamenón o su porquero. Desde la crianza del toro en plena dehesa hasta la minuciosa liturgia que se desarrolla en la plaza, pasando por los encierros, los toros de cuerda, los recortadores y las mil y una forma de expresión popular.

Todo esto ha dejado un reguero de obras de arte en todas las disciplinas que encumbran a la tauromaquia como uno de los motivos de inspiración artística más refinados que hay. Agotaría recordar de nuevo la nómina de pintores, poetas, escultores, arquitectos, compositores, cineastas y demás creadores que han encontrado en el mundo del toro unas vías de expresión que han ganado la inmortalidad.

Que el Museo de Prado lleve un tiempo empeñado en retorcer el mensaje de los grabados de Goya para llegar a la conclusión, dicen, de que fue antitaurino queda en solo una anécdota divertida cuando se ve su serie de la Tauromaquia. Esta colección de estampas es la mejor muestra de cómo era una fiesta allá en el siglo XVIII y que se ha mantenido tal cual hasta nuestro días.

Que el Ministerio de Cultura repudie los toros es como hacerlo de la obra de Picasso, de Vargas Llosa, de Rafael Alberti, de Miquel Barceló, de Joaquín Sabina y de otros muchos que han perdido los complejos a la hora de defender lo obvio. De verdad que agota bastante que el Gobierno de Pedro Sánchez nos haga perder el tiempo para recordar lo que todo el mundo sabe, por más que algunos lo mezclen con otros componentes ideológicos para intentar culminar su estrategia que va más allá de la tauromaquia y de lo que significa. A lo mejor resulta que la razón de su comportamiento es la falta de lecturas, que pudiera ser. Por si las moscas, y para ir empezando, podrían hacerlo por la obra de Federico García Lorca, un autor nada sospechoso, que no ocultó ni maquilló su gusto por la fiesta y que llegó a decir, sin complejo alguno, que “los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”. Ahí queda.

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