La Ribera

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Es el lugar amable en el que disfrutar de estar tardes preveraniegas, donde se nota que el termómetro es más benéfico

confinamiento Ribera
Paseo de la Ribera. /Foto: JC

La lenta apertura a la libertad en cada una de las fases del denominado desconfinamiento ha hecho que los cordobeses descubramos y nos reencontremos con esos espacios que siempre han estado ahí, a nuestro lado, y que no les hemos dado el valor que tienen. Se habla mucho del lujo de tener en casa una terraza, algo que, incluso, hasta se despreciaba, pero muchos han descubierto esos jardines cercanos, esa avenida, ese paseo cerca de casa y que nos ha devuelto a la vida.

Uno de los grandes hallazgos de estos días es el paseo de la Ribera en toda su extensión, desde el Campo Madre de Dios hasta el puente de San Rafael. Hasta hace uno meses sólo era disfrutado por una minoría de cordobeses en comparación con la animación que tiene en la actualidad. Familias, corredores, grupitos de amigos, andarines y paseantes se dan cita a la caída de la tarde y cada uno se administra la distancia, el ritmo y la intensidad del ejercicio que se dosifica tras muchas semanas sin salir de casa.

Esta circunstancia, una vez más, ha servido para incorporar este lugar que de forma tan inconsciente se vincula con un terreno reservado a los turistas. Éste es otro de los equívocos que arrastra el paseo de la Ribera como si fuera una maldición. Hace un par de décadas se puso de moda entre la clase política aquello de decir que “Córdoba vivía de espaldas al río”. Nada más alejado de la realidad, porque desde hacía siglos sabían los cordobeses que en el Guadalquivir tenían su incipiente tenido industrial con la cantidad de molinos que había y con las actividades que en él se desarrollaba, desde los areneros hasta los pastores que se encargaban de que el ganado mantuviera limpias las orillas. 

Además, el paseo de la Ribera, junto con el de la Victoria, era el lugar preferido para el esparcimiento, para el alivio de las noches de verano, y para la diversión en las numerosas verbenas que se sucedían tras la Feria de la Salud en honor de San Antonio, San Juan y San Pedro.

La Ribera era también la médula de las comunicaciones, ya que no había más paso sobre el río que el Puente Romano y todo el tráfico rodado, desde hace dos milenios hasta que hace casi 40 años se abrió la ronda sur, no tenía más remedio que pasar por allí, algo que en los últimos años se hizo insorportable. De ahí, a lo mejor, su mala fama.

Lo cierto es que nada queda de aquella Ribera y la que hoy se muestra al paseante o al deportista es algo muy distinto, con escaso tráfico, un ambiente apacible, una temperatura mejor que en otras partes de la ciudad y el espacio suficiente para no chocar unos con otros. Lo único que se echa en falta es precisamente al protagonista, al Guadalquivir. Con el crecimiento de la vegetación propiciado por la desidia de las distintas administraciones de todo signo político, el río se ha perdido entre una maleza y una arboleda que lo han invisibilizado.

Aún así, y a la espera de que alguien coja este toro por los cuernos, la Ribera es el lugar amable en el que disfrutar de estar tardes preveraniegas, donde se nota que el termómetro es más benéfico. Si, encima, se cruza a la otra orilla, pondremos cara de guiri fascinado y volveremos a casa con la satisfacción de haber descubierto algo que conocíamos y que nos pertenece.

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