Un Papa y un Rey, padres de la moderna movilidad

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La gente se apelotonaba en las calles por donde también querían circular los carros y el colapso era constante

señalización calzada tráfico
Señalización en la calzada. /Foto. LVC

Las denominadas ciclocalles serán una de las consecuencias que nos dejará la pandemia del coronavirus. Otras, son las calles y las aceras de circulación única, como presentó esta semana el teniente de alcalde Miguel Ángel Torrico, quien añadió que la implantación de estas medidas será inmediata.

Los expertos en eso que ahora se llama movilidad y que toda la vida se ha llamado tráfico -que es, por otra parte, un término mucho más exacto- han descubierto con estas innovaciones, que se están expandiendo como una mancha de aceite por todas las ciudades, algo que no tiene nada de nuevo, ya que cuenta con una antigüedad de más de 700 años. Estoy más que convencido en que alguna consultora se lo habrá llevado calentito por poner sobre la mesa del político de turno la idea que ya se usó por primera vez en Roma en el año 1300.

En aquel momento, se celebraba el primer Año Santo de la historia en la actual capital de Italia. La afluencia de visitantes desbordó todas las previsiones y llegó a generar auténticos problemas en una ciudad que tenía una trama urbana completamente medieval, antes de conocer las expansiones del renacimiento y del barroco que le dieron su configuración actual.

La gente se apelotonaba en las calles por donde también querían circular los carros y el colapso era constante, hasta que al Papa Bonifacio VIII se le ocurrió eso que ahora vemos como algo obvio pero que en su momento fue algo revolucionario. Pintó unas líneas blancas en el centro de las calzadas para dividir a los que iban de los que venían; vamos, que inventó la regulación del tráfico y su señalización, o de la movilidad y su señalética, que diría un cursi. A partir de ese momento, cada sabía dónde tenía que estar y andar en compañía de carros y caballerías.

Pero el tráfico fue creciendo de forma considerable y ya en el siglo XVIII hubo que darle una vuelta para mejorar lo que ya había descubierto Bonifacio VIII en el 1300. El Rey Carlos III quiso buscar una solución en Madrid, con la finalidad de evitar que personas y bestias convivieran en el mismo espacio urbano. La capital de España fue la primera en contar con lo que ahora conocemos como aceras; es decir, el espacio exclusivo para el peatón sin mezcla alguna con los vehículos de cualquier tipo. 

Pero Carlos III tampoco previó que las aceras podían ser un lugar de conflicto entre los que iban y los que venían. Pronto se generaron disputas en un tiempo en el que se desenvainaba el sable a las primeras de cambio. Sin saberlo, se había generado otro problema que antes no existía. Los regidores de Madrid expusieron al monarca la situación para que fuese él quien dirimiese el conflicto, para que decidiese quién debía ceder la acera. “Que la ceda el más educado”, cuentan que fue lo que respondió Carlos III ante el dilema, algo difícil de creer tratándose de un gestor tan meticuloso.

Lo cierto es que los manuales de urbanidad, que tanto se echan en falta en estos tiempos, siempre han recomendado que se ceda la acera a quien va por su derecha, con independencia de si es portador del coronavirus o no. Ahora no hará falta saber quién va por su derecha o no, ya que unas marcar en el suelo nos lo indicarán como un homenaje anónimo a Bonifacio VIII y a Carlos III.

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