Julio Anguita: la reflexión y la valentía

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Hacía lo que tenía que hacer en el momento preciso sin hacer caso de encuestas, ni de consejos de los asesores, ni de tendencias del ‘community manager’ de turno

Julio Anguita, con tres exalcaldes.
Julio Anguita, con tres exalcaldes. /Foto: LVC

A Julio Anguita se le recordará por su frase de “programa, programa, programa” que machaconamente repetía hasta el hartazgo en un intento de hacer hacer ver a todos que la coherencia está por encima de sillones y de componendas. Nuestro exalcalde fue un hombre de grandes frases, cinceladas hasta la perfección, donde el mensaje quedaba nítido y brillante como la hoja de una daga. Y como tal se clavaba en la conciencia de quienes le escuchaban absortos, incluso babeantes, incapaces de descifrar y asumir la profundidad del mensaje.

Las efusiones de afecto que Anguita cosechaba en cada una de sus apariciones públicas eran inversamente proporcionales a los resultados en las urnas y tuvieron, como no podía ser de otra manera, la respuesta en una de sus frases brillantes, aunque la autoría de la misma se le atribuye a Adolfo Suárez y posteriormente fue repetida por Alberto Garzón y Albert Ribera: “Queredme menos y votadme más”. De los cuatro políticos, Julio era quien con mayor clarividencia veía que por más clarito que lo explicase aquello no calaba ni en los suyos, que sólo querían bronca, puño en alto y una bandera tricolor que él minusvaloró y que -una vez más- no le hicieron ni caso. Así es la historia.

Para los cordobeses nos queda el recuerdo de un alcalde que conocía la ciudad como pocos, desde las tripas de su propia historia. Como trabajo de licenciatura investigó los procesos desamortizadores en Córdoba y pudo documentarse sobre un periodo que empobreció a las clases más bajas y que enriqueció a unas familias emergentes, con un Estado que cometió tropelías y que hizo, una vez más, que la ciudad saliera perdiendo.

Quedarán en el imaginario popular de los cordobeses los paseos de Julio Anguita de madrugada, por una ciudad en silencio, sus tertulias a la sombra del arco alto de la Corredera, sus brazadas en la piscina del gimnasio de San Miguel, en los que respondía siempre con afecto y educación a todos los saludos. En Córdoba se le respetaba porque él respetaba a la ciudad. Cuando fue alcalde siempre fue vestido de alcalde como señal de respeto al cargo y a los cordobeses. Recientemente salía a relucir su ya lejana gestión cuando la alcaldesa Isabel Ambrosio desenterró el tema del callejero considerado ‘franquista’ y se comparó con lo que había hecho Anguita sin levantar tanta polvareda. Recuperó el nomenclator de toda la vida y sentó el precedente -luego incumplido en varias ocasiones- de que los nombres ya consolidados no se tocan. No sé que pensará de que a la Corredera le pongan su nombre, pero me lo imagino.

Otro de los valores por los que será recordado Julio Anguita es por su valentía, por hacer lo que tenía que hacer en el momento preciso sin hacer caso de encuestas, ni de consejos de los asesores, ni de tendencias del ‘community manager’ de turno. Posó satisfecho ante los fotógrafos en la Posada del Potro con todos los alcaldes anteriores a él, con los que mantuvo una excelente relación y no dudó a la hora echar una partida de dominó con José María Aznar en El Churrasco.

Tampoco le pesaba su pasión por la Semana Santa, como a algunos de sus sucesores, que esquivan el más mínimo roce con cualquier cosa que remotamente oliera a incienso. Se encargó de mejorar la carrera oficial y de incrementar considerablemente la financiación de las hermandades. Muchos años esperó a la Virgen de los Dolores en la última fila de la acera de San Pablo, discretamente, junto a La Catalana y al día siguiente de enterrar a su hijo se le pudo ver tras la Virgen de las Angustias. Así era Julio Anguita.

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